Ana Murga transformó la muerte de su padre en un proyecto que acompaña a unos 500 niños cada semana
El asesinato de Jorge Murga en el 2005 llevó a su hija a preguntarse por el origen de la violencia. De esa búsqueda nació Ambi, una organización que trabaja con niños y familias en Guatemala y que comenzó con una entrega de juguetes en Navidad.
“¿Qué tiene que pasar en el corazón de una persona para arrebatarle la vida a otra y romper una familia para siempre?” La pregunta comenzó a acompañar a Ana Murga después de octubre del 2005, cuando su padre, Jorge Murga, fue asesinado en Guatemala.
Ana tenía 23 años.
El dolor la llevó a preguntarse por el origen de la violencia y, en esa búsqueda, comenzó a observar otra realidad: la de niños y niñas que crecían en medio de carencias, pocas oportunidades y entornos donde la violencia podía convertirse en parte de su vida cotidiana.
“Decidí ser la alternativa que ellos no tenían”, recuerda.
De aquella tragedia nació una idea que, casi 21 años después, acompaña cada semana a unos 500 niños. La llamó Ambi, el apodo de su padre.
De unos juguetes a un proyecto permanente
Ana Murga nació el 15 de febrero de 1982 en la Ciudad de Guatemala.
Las primeras acciones de Ambi comenzaron en diciembre del 2005, apenas dos meses después de la muerte de su padre.
Al principio llevaba juguetes durante la Navidad. Pronto comprendió que aquello no era suficiente.
“Un regalo de un día no transforma un futuro”, afirma.
En ese proceso conoció a una joven que reunía a niños en La Verbena, zona 7 de la capital, y trabajaba con ellos para transmitirles esperanza.
Ana le hizo una promesa: a esos niños no les faltaría apoyo. Así nació Ambi Verbena, el primer grupo.
No había presupuesto, instalaciones ni una estructura formal. El proyecto comenzó con el respaldo de familiares y amigos que decidieron apoyar la iniciativa.
Las actividades continuaron y, en agosto del 2011, la organización se constituyó legalmente como Ambi, Amor y Bienestar.
Actualmente tiene presencia en La Verbena, Villa Nueva y Mixco, además del casco urbano de Tecpán Guatemala y el caserío Panimacoc, en Chimaltenango. También desarrolla trabajo en Zimbabue, África.
Cada semana atiende aproximadamente a 500 niños.
“Aquí conocí el amor”
Entre todas las historias que han pasado por Ambi, Ana conserva especialmente la de un adolescente que llegó cuando comenzaba a acercarse al entorno de las pandillas.
Según Murga, el joven encontró allí algo que hasta entonces le había hecho falta: un lugar donde sentirse escuchado y valorado.
Comenzó a participar en las actividades y, poco a poco, encontró también un espacio en la cocina.
Cada sábado colaboraba en la preparación de los alimentos.
Los años pasaron. El joven consiguió trabajo y comenzó a construir su propia vida, pero no dejó de regresar a Ambi.
Los fines de semana madrugaba para preparar el desayuno de los niños más pequeños antes de marcharse a trabajar.
Un día Ana quiso saber por qué seguía haciéndolo.
“Aquí conocí el amor a través de un plato de comida caliente, y quiero que otros niños que vivieron lo mismo que yo sepan que también hay esperanza”, le respondió.
Para Murga, esa historia resume lo que pretende hacer Ambi.
La organización busca que la ayuda no se reduzca a una entrega ocasional. Su modelo combina educación, acompañamiento familiar y desarrollo integral, además de promover que quienes reciben apoyo puedan convertirse después en referentes dentro de sus propias comunidades.
Murga asegura que una de sus metas es que los niños comprendan que las circunstancias en las que nacieron no tienen que determinar su futuro.
Otra pérdida puso a prueba a Ambi
La muerte de su padre no ha sido la única pérdida que ha marcado la vida de Ana Murga. En octubre del 2018 murió su esposo.
Ella prefiere mantener su nombre en reserva, pero lo describe como su compañero de vida y uno de los principales apoyos que tuvo durante el crecimiento de Ambi. Su muerte abrió otra etapa difícil.
“Perderlo significó reconstruirme, tanto en lo personal como en lo institucional”, explica.
Mientras atravesaba el duelo debía encontrar también la manera de mantener funcionando la organización.
Murga considera que ese fue el momento más difícil desde que comenzó el proyecto. Tuvo que reconstruirse sin abandonar lo que había construido.

Una jornada termina y otra comienza
Ambi tampoco es la única ocupación de Ana. De lunes a viernes cumple una jornada de 8 a 17 horas en una fundación de mayor tamaño, cuyo nombre prefiere mantener en reserva.
Cuando termina ese trabajo comienza otro. Como directora ejecutiva de Ambi recauda fondos, gestiona alianzas con padrinos, administra recursos, coordina al equipo y participa con profesionales en el diseño de metodologías.
Sostener ambas responsabilidades ha supuesto renuncias. Murga habla de horas de sueño, tiempo libre, estabilidad económica y momentos que pudo haber compartido con su hijo.
Sin embargo, asegura que la parte que más valora ocurre lejos de las tareas administrativas.
“Cuando visito los centros me despojo del rol administrativo”, dice.
Allí abraza a los niños, juega con ellos, escucha sus historias y procura recordarles que son vistos y valorados.
Nuevas necesidades
Después de más de dos décadas de trabajo, Murga considera que las necesidades de los niños y sus familias han cambiado.
En su experiencia, a las dificultades económicas se han agregado rezagos educativos y una mayor necesidad de acompañamiento emocional y nivelación académica.
Por eso sostiene que la labor ya no puede limitarse a proporcionar alimentos u otros recursos. Ambi intenta trabajar también con las familias y fortalecer capacidades que permitan a los niños avanzar más allá de una ayuda momentánea.
Murga habla de una “cultura de retribución”: que quienes han sido acompañados puedan, con el tiempo, convertirse en personas capaces de ayudar a otros. El adolescente que regresaba los sábados para cocinar representa para ella precisamente eso.

Lo que los niños le enseñaron
Ana asegura que después de tantos años no solo ella ha acompañado a los niños.
Ellos también modificaron su manera de ver la vida. Dice haber aprendido de su capacidad para vivir el presente.
Ha visto a niños llegar a los centros con problemas familiares y preocupaciones que, a su juicio, resultarían difíciles incluso para un adulto. Sin embargo, poco después los observa correr, jugar o reír. Eso la llevó a valorar de otra manera las pequeñas cosas y las victorias cotidianas. Cuando piensa en el futuro, tampoco imagina únicamente una organización que dependa de ella.
Su aspiración es que las propias comunidades puedan consolidar espacios seguros y permanentes para sus niños y que las familias comprendan que los patrones del pasado no necesariamente deben repetirse.
Han transcurrido casi 21 años desde aquella pregunta que surgió después del asesinato de Jorge Murga.
Ana no encontró una respuesta capaz de cambiar lo ocurrido. Encontró, en cambio, un lugar desde donde actuar antes de que otras historias lleguen al mismo desenlace.
No puede cambiar lo que la violencia le arrebató en el 2005. Pero desde entonces intenta que, para otros niños, la historia tenga un final distinto.
Comentarios (0)
Sé el primero en comentar este artículo.
Debes iniciar sesión para poder comentar.
Iniciar sesión