Entre violines, pianos y marimbas: así sobreviven los lutieres que restauran la memoria musical de Guatemala

Entre violines, pianos y marimbas: así sobreviven los lutieres que restauran la memoria musical de Guatemala

Restaurar y construir instrumentos musicales se viven en distintos talleres en el país y suman importantes proyectos para preservar la historia musical guatemalteca.

19 julio 2026
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Barnices, lápices, bisturíes y gubias, entre otras herramientas, se hallan sobre las mesas de trabajo de los talleres de lutería —el oficio de construir o reparar instrumentos de cuerda—, a la espera de las manos expertas que las usarán.

El oficio se remonta a la Edad Media, con los artesanos dedicados a fabricar ese tipo de instrumentos y que, siglos después en Cremona, Italia, con Antonio Stradivari, tiene a uno de los grandes exponentes de este arte. A la fecha, aún se investiga el método artesanal de fabricación de los violines Stradivarius que, según datos de la Universidad de Texas A&M, por su calidad y sonido, pueden alcanzar un precio de hasta US$10 millones.

En Guatemala, los artesanos dedicados a este oficio, llamados lutieres, han seguido la tradición de aprenderlo en talleres o en empresas especializados en la comercialización de instrumentos musicales. En la medida en que las oportunidades y el presupuesto lo permiten, buscan capacitarse con maestros internacionales.

Así lo refiere Luis López Quin, propietario de Lutheria Studio, un taller que recibe alrededor de 300 instrumentos al año, para diferentes trabajos, donde las flautas y violines son los más usuales. El lutier recuerda que su formación se inició en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara, y su interés por la lutería lo llevó a capacitarse en EE. UU. inicialmente, y después con maestros internacionales —como Claudio Amighetti (Italia) y Luis Gilberto Lavalle (México)—.

Además de ser parte de los fundadores de la Escuela Municipal de Música, en el 2013 se integró al proyecto del Sistema de Orquestas de Guatemala, apoyado por la Usaid, que ofrecía capacitaciones en lutería.

Un camino similar es el recorrido por David Ramírez, fundador del taller de reparación Pianos Ravadi. Como maestro de Música a menudo encontraba que los pianos disponibles para enseñar a estudiantes estaban desafinados; entonces, “no se podía desarrollar las melodías que querían replicar”. Este problema lo llevo a aprender de afinación y reparación y cursar mentorías en EE. UU., España y Argentina.

En el país hay técnicos que afinan pianos, pero en restauración hay pocos trabajando, dice, al atribuir al costo de los cursos y la barrera del lenguaje, debido a que la mayor parte de la información disponible está en inglés, así como  el escaso interés en aprender el oficio.

En el caso de Luis Moscoso,  artista e integrante de la Orquesta Sinfónica Nacional, su acercamiento con la lutería comenzó mientras estudiaba en Caracas, Venezuela, en el Sistema de Orquestas. Más adelante consiguió capacitarse con maestros colombianos, entre ellos, César Palmezano. Su especialidad la centró en instrumentos de viento y madera, y llevó esta pasión a implementar el uso de boquillas personalizadas para saxofones y clarinetes, en una alianza con Palmezano.

La afinación de un piano requiere capacidad, oído musical y mucho tiempo de trabajo. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

Piezas invaluables

Trabajar con pianos requiere muchas horas de trabajo, indica Ramírez. Por cada tecla —de las 88 que poseen—  se realizan 30 ajustes; son 220 cuerdas que hay que fabricar a la medida y es un trabajo milimétrico. Es un proceso complejo y enfocado en un nicho de mercado de músicos y de personas que buscan restaurar pianos de cola para un hijo o nieto, lo cual se apega a su lema de conectar generaciones a través del piano. El peso de uno puede oscilar entre 400 y 700 libras, dependiendo de la altura y el largo de la cola, y tiene nueve mil piezas en promedio dentro de su maquinaria, refiere.

Un piano de la marca Steinway puede costar hasta US$250 mil, asevera, al contar que está trabajando en un modelo antiguo —más de cien años— de esta marca, el cual había estado abandonado y se lo llevaron para restaurar. Es una pieza que es histórica y vale la pena recuperarla, pero existen otros casos en los que, si el instrumento no es antiguo y tampoco tiene valor sentimental, es mejor y más rentable adquirir uno nuevo, explica.

Moscoso recuerda que hace más de 30 años era conocido un artesano que reparaba y hacía ajustes a varios instrumentos, pero —a su criterio— descuidaba la estética en los trabajos que llegaban a incluir monedas de Q0.10  en reemplazo de alguna llave (tecla) del instrumento, en los casos más extremos. Por esa razón, al adquirir su primer instrumento de alta gama, optó por capacitarse y poder realizar él mismo las labores de reparación.

Restaurar instrumentos musicales necesita gran experiencia, que se adquiere paso a paso. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

Baño de oro

Otro de los procesos que utiliza en instrumentos de viento metal es la electrólisis para colocar un baño de plata, oro o níquel, pues  “esto no afecta la sonoridad, pero sí en la estética, y más si se trata de instrumentos de colección y marcas de alta gama como un Selmer París”, comenta.

Al restaurar, la opción por la que López Quin se inclina es la de preservar lo más posible el instrumento antiguo. Con esa filosofía trabajó una flauta travesera que data de 1810 y un violín de más de cien años. Son procesos muy demandantes que llevan investigación y horas de trabajo, agrega.

“Hace un tiempo me trajeron una mandolina antigua que dejaron caer y tenía un agujero. Luego de analizarla y conseguir una pieza de álamo, con la fortuna de que, después de pulirla, coincidía con la textura del original, fue posible completar la restauración”, comenta. Otro caso que recuerda es un “circumar” —instrumento de percusión que es una adaptación de la marimba—, obra del maestro guatemalteco Joaquín Orellana, que por azares del oficio recibió y logró restaurar algunos elementos extraviados.

Con los instrumentos antiguos hay que formular las preguntas básicas para conocer su procedencia. Pueden ser familiares o comprados en una casa de antigüedades. “En ocasiones vienen bastante lastimados y los dueños piden que quede como nuevo, pero es algo que no puedo hacer; no se puede quitar la historia al instrumento”, comenta el fundador de lutería Studio.

David Escobar Ajvix, profesor de Educación Musical, realizó en el 2025, como parte de su práctica universitaria, una encuesta entre los estudiantes de la Academia Municipal de Arte de San Lucas Sacatepéquez, para establecer el conocimiento sobre la lutería en la localidad. “Cuando era estudiante no me enseñaron cómo reparar mi guitarra y tenía que buscar cómo cambiar las cuerdas o afinarla”, explica, por lo que se motivó a profundizar en el oficio.

El resultado de su investigación, dice, fue detectar el desconocimiento de los estudiantes en cuanto a reparación y mantenimientos básicos de los instrumentos, y de la lutería, pero le permitió encontrar al lutier Baudilio Quexel, quien trabaja en el municipio.

Eduardo Sac, escultor y fundador de la Escuela Privada Mixta de Formación Artística de Quetzaltenango (Esfaq), que ofrece el Bachillerato en Música, carrera que sustituyó los estudios de magisterio por decisión del Ministerio de Educación, explica que en dos años es imposible añadir más cursos a los 22 que contempla el pénsum actual. Pero aprovechan cada taller que ofrecen músicos y lutieres para organizar un encuentro con los estudiantes.

Recientemente, estuvo presente en Quetzaltenango un maestro de la Sinfónica e impartió un taller y una demostración básica de reparación de instrumentos a los estudiantes, menciona. “Es muy valioso para la formación de los jóvenes, porque si se les arruina una guitarra u otro instrumento cuesta encontrar a un experto y deben acudir a Totonicapán, donde hay algunos talleres, y para las reparaciones mayores deben contactar a las tiendas en la capital”.

En el departamento se tienen maestros que reparan marimbas. La mayoría de ellos son de edad avanzada, pero se reconoce su labor, mientras que para los instrumentos de viento, por ejemplo, no hay expertos. Los docentes “hacen la lucha, pero pasamos penas si es algo complicado de reparar y, si llegara a ser un instrumento antiguo, nadie se anima a tocarlos por miedo a arruinarlos más”, refiere Sac.

Esta guitarra pasa por las manos de un lutier para cobrar nueva vida. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

Otras habilidades

Un lutier tiene que saber de dibujo, joyería, maderas, proporciones, colorimetría, arte, historia y de negocios, reflexiona López Quin al mencionar una propuesta que se presentó al Ministerio de Cultura y Deportes (Micude) para impulsar una academia.  Otro camino es ofrecer una licenciatura en Lutería en las universidades.

La idea es que el graduando tenga esta especialización, además de la correspondiente a un instrumento de viento o cuerda, y un instrumento tradicional del país. “Eso daría más interés a los estudios superiores que se ofrecen de profesorado que hay actualmente”, refiere, al mencionar factores como la inteligencia artificial (IA). La tecnología en el uso de amplificadores, pedales e instrumentos eléctricos demanda también conocimientos de ingeniería aplicada para proporcionar soluciones a los clientes que también requieren de sus servicios.

Ramírez refiere que, en su caso, es más frecuente encontrar información en inglés en documentos elaborados en EE. UU. y Japón, países que tradicionalmente documentan procesos estandarizados y con evaluación de calidad. Sería un importante logro que en Guatemala se pueda alcanzar ese nivel de profesionalización, afirma.

La propuesta está presentada, pero falta el impulso que las autoridades puedan brindarle o que alguna universidad se interese y acompañe el desarrollo profesional de los hacedores de instrumentos musicales que llevan décadas autogestionando su formación.

Las universidades de Tucumán, Argentina, y  Querétaro, México, por ejemplo, ya cuentan con licenciaturas en Lutería, con lo cual revalorizan este oficio.

Más allá de la madera y las cuerdas, la lutería reúne conocimientos de arte, historia, ingeniería y conservación patrimonial. (Foto Prensa Libre: Freepik)

Alta demanda

La lutería va en asenso. Moscoso afirma que el mercado se ha ampliado gracias a la cantidad de bandas musicales y que el Micude inauguró las orquestas sinfónicas regionales de Occidente y de Oriente, con las cuales suman cuatro sinfónicas en el país, incluida la orquesta nacional y la municipal. Esto es histórico y hace que la demanda de técnicos y lutieres vaya en aumento, afirma.

Otro mercado que se abre es la importación de pianos usados para reparar y vender. Existe un mercado en el sector educativo, asevera López Quin, quien ve en esta modalidad una opción para que los grandes colegios puedan ofrecer estudios de piano.

El ambiente húmedo y la falta de mantenimiento hacen que la reparación de pianos sea una buena fuente de trabajo en los países de Latinoamérica, considera Ramírez. “Por acá tenemos termitas a las que les encanta la madera de los pianos”, y es motivo de llamada al “doctor de pianos”, refiere.

La creación de instrumentos también es una oportunidad en la cual Moscoso está experimentando con piezas para el clarinete, elaboradas con madera de hormigo, la que se utiliza en la fabricación de marimbas. Ya existe un trabajo con maderas colombianas. “Vamos a experimentar la sonoridad del hormigo en el barrilete y la campana del clarinete”, comenta.

Restaurar un instrumento puede requerir meses de investigación para respetar los materiales y técnicas originales de fabricación. (Foto Prensa Libre: Freepik)

Viaje a la raíz del son

Más allá del trabajo con maderas, cuerdas y metales, López Quin habla del proyecto El Nuevo Son, una iniciativa para identificar instrumentos tradicionales del país, algunos en riesgo de desaparecer; otros, poco conocidos o utilizados únicamente en rituales locales.

Con ellos se hará un catalogo y se categorizarán con su descripción según sean de cuerda, viento, idiófonos o de percusión. Al momento, se estudian siete instrumentos de las Verapaces, donde han aparecido arpas, guitarrillas y guitarras, explica, al mencionar que el primer instrumento que se abordó en este proyecto fue la guitarrilla poptí.

Se espera publicar un libro con el cifrado americano —representación escrita de los acordes— de toda la música, es decir, las partituras, voces para piano y la letra de las canciones en el idioma maya en el que se han cantado. El trabajo lo dirige la Comisión de Investigación de la Sonoridad de Guatemala, con el apoyo de investigadores, alcaldías y comunidades.

Todo el proyecto podría tardar cerca de 10 años, incluida la exhibición de todos los instrumentos que integren el catálogo y que se reconstruirá con apego a los materiales utilizados originalmente, para preservar íntegro el instrumento. “Si se necesita un pegamento de orquídea, vamos a trabajar en lograr ese pegamento para preservarlo y que se enseñe a tocarlo y construirlo como instrumento tradicional guatemalteco”, señala el lutier.

Con esta investigación trabaja en una cítara, de la cual se obtuvo información en los archivos de música de la Catedral Metropolitana, que guarda registros desde la época de la Capitanía General, unos 200 años de historia, comenta.

Al anticipar los resultados finales del proyecto, explica que han encontrado  que el son guatemalteco es multicultural, por la riqueza del territorio y la lucha de las comunidades de preservar su canto ante adversidades.

La guitarrilla poptí

Como respuesta a la inquietud despertada por la pregunta del maestro mexicano Luis Lavalle —“¿cuál es el instrumento tradicional de cuerda pulsada de Guatemala?”—, se originó una investigación que, de la mano del antropólogo y etnomusicólogo Alfonso Arrivillaga, llevó a encontrar la guitarrilla poptí en Jacaltenango, Huehuetenango.

El MCD ha organizado presentaciones de este instrumento y reconoció la labor de los maestros López y Arrivillaga en el proceso de revitalización de la guitarrilla. Pero el proyecto ha permitido contar con 12 guitarrillas, algunas fabricadas con donaciones de profesionales jacaltecos, músicos y connacionales que radican en el extranjero.

“Ellos donan el costo de una guitarrilla, Q1 mil 200, y se fabrica para entregarla a la asociación que se conformó en la región para enseñarles a los niños la música”, dice Arrivillaga,  y es algo importante si se considera que habían transcurrido 38 años sin construir una guitarrilla poptí. También ha motivado el estudio de los tecomates —Lagenaria siceraria— y sus variedades en la fabricación de instrumentos de cuerda.

A escala internacional se organizan ponencias sobre el proceso de revitalización de la guitarrilla en universidades y asociaciones de lutería, principalmente, en México, Colombia, Ecuador y España.

Fuente original: Prensa Libre

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