Jugar con los hijos también es volver a ser niño: cómo imaginar, crear y soñar fortalece los vínculos
Cuando los adultos se involucran en el juego de los niños, ambos se benefician: los pequeños crean recuerdos y seguridad, mientras los mayores se permiten imaginar, soñar y disfrutar.
A medida que una persona crece, las responsabilidades consumen su tiempo debido a las obligaciones económicas, los compromisos familiares y la rutina, lo que dificulta encontrar espacios de disfrute. Sin embargo, darse la oportunidad de jugar con los hijos, sobrinos, nietos o hermanos menores permite reencontrarse con una parte de la propia infancia y aprender lecciones.
Soltarse y jugar tiene beneficios para ambas partes. Los niños tienen la capacidad de transformar con su imaginación lo cotidiano en algo extraordinario. La psicóloga Mónica Mayorga explica que, cuando el adulto entra en este mundo, puede recuperar capacidades que quizá la vida adulta ha dejado en segundo plano, como la imaginación, creatividad, espontaneidad, curiosidad y capacidad de asombro.
Para el niño, que el adulto se involucre crea un espacio de conexión emocional, genera recuerdos e incluso puede darle otra perspectiva de ese adulto. Mayorga destaca que el mensaje emocional que puede recibir durante ese momento es “muy poderoso”, ya que representa: “Estoy aquí contigo. Me interesa lo que haces. Quiero conocer tu mundo y disfruto compartir tiempo contigo”.
Darse la oportunidad de soltar la rutina y adentrarse en el mundo de la imaginación tiene beneficios emocionales y cognitivos para los adultos. Aunque se crea que jugar es una actividad propia de los niños, también tiene grandes beneficios para los mayores.
Beneficios de que un adulto juegue con un niño
Desde la neurociencia, el juego es la vía principal para el aprendizaje, comenta la psicóloga clínica Luisa Ruano. “El juego es la vía número uno para el aprendizaje, pues se construyen estructuras intelectuales, emocionales y sociales”, agregó.
En estas actividades hay un intercambio de beneficios entre niños y adultos. Ruano destaca que, cuando los niños juegan con los padres, generan neurotransmisores como oxitocina, dopamina y endorfinas, por lo que se fortalece el vínculo y la sensación de seguridad. Esto les ayuda a aprender a resolver problemas de forma creativa.
Para los adultos, darse la oportunidad de jugar con los niños ayuda a generar flexibilidad cognitiva, lo que les permite tener otras perspectivas y opciones para resolver una situación. “Al estar involucrado en el juego, le permite estar al nivel emocional de su hijo, por lo que ve el mundo con una perspectiva diferente, conectando así con su niñez interior”, agrega Ruano.
Esta práctica también ayuda al adulto a regular el sistema nervioso, reducir los niveles de cortisol y activar el sistema parasimpático, lo que da espacio a la risa y la relajación, comparte Ruano.

(Foto Prensa Libre: Shutterstock)
Los sentidos como canal de los beneficios
La psicóloga Ximena Fuentes comparte que, en la niñez, se conoce el mundo a través de los sentidos: de lo que se toca, escucha, huele y ve, pero también mediante la imaginación que propician los juegos. Destaca que estos favorecen el desarrollo emocional, social y cognitivo.
Mientras juega, el niño ensaya roles, expresa emociones, resuelve pequeños problemas, aprende a negociar, tolera frustraciones y desarrolla la creatividad. Cuando la mamá, el papá o cualquier figura significativa se sienta en el suelo a construir, dibujar, inventar una historia o simplemente dejarse llevar por el juego, transmite un mensaje poderoso: “Lo que haces me importa. Disfruto compartir tu mundo”.
Fuentes destaca que la mayoría de los recuerdos más significativos de la infancia no están relacionados con objetos costosos, sino con sensaciones: el olor de una comida preparada juntos, una canción que todos cantaban, la textura de la plastilina entre las manos, una tarde de lluvia construyendo algo en casa, la voz de alguien contando un cuento o una carcajada compartida.
Pero el beneficio no es únicamente para los niños. Ximena Fuentes explica que, mediante la activación de los sentidos durante los juegos, el adulto se permite recordar su infancia, sentir el momento, soltar sus preocupaciones y darse la posibilidad de soñar sin cuestionamientos ni limitaciones.
La creatividad también cumple una función psicológica en los adultos, dado que les permite flexibilizar el pensamiento, explorar posibilidades, expresar emociones y recordar que la vida no está compuesta solamente por obligaciones.
“Jugar con los niños puede convertirse entonces en una especie de puente entre dos etapas de la vida. Mientras ellos descubren el mundo, nosotros podemos recordar cómo lo descubrimos alguna vez”, resalta Fuentes.
Los adultos también necesitamos jugar
Mónica Mayorga explica que, cuando un adulto se sienta a jugar y realmente se involucra, sin estar constantemente pendiente del teléfono o pensando en la siguiente obligación, tiene la posibilidad de detener momentáneamente ese ritmo y simplemente estar. Esto le permite recuperar una capacidad que se complica en la adultez: disfrutar del momento presente.
Volver a ser niño por unos minutos no significa perder la posición de adulto ni las responsabilidades. Significa permitirse recuperar algo que sigue formando parte de sí mismo: la capacidad de imaginar, sorprenderse, reír, crear y disfrutar sin que todo tenga necesariamente un objetivo productivo.
Mayorga explica que, cuando los adultos juegan con sus hijos, aparecen recuerdos de las personas con quienes jugaban, momentos en familia o situaciones graciosas, mientras que a otros les ayuda a darse cuenta de que tuvieron pocas oportunidades de compartir este tipo de experiencias.
Para la experta, la maternidad y la paternidad también pueden convertirse en una oportunidad para preguntarse: ¿qué recuerdos quiero construir con mis hijos? No desde la intención de darles lo que no se tuvo, sino desde las experiencias sencillas que lleguen a crear una historia emocional.
Otra de las oportunidades, dice Mayorga, es dar espacio a los niños para que enseñen a los adultos las reglas de los juegos, a imaginar escenarios y a desarrollar una historia. Esto permite que el adulto se libere de tener todo planeado y simplemente se deje guiar, mientras que a los niños les ayuda a experimentar creatividad, iniciativa y autonomía.

(Foto Prensa Libre: Shutterstock)
¿Cómo empezar a jugar nuevamente?
No es necesario preparar grandes actividades, explica Mónica Mayorga. Se puede comenzar por recuperar cosas sencillas:
- Preguntarles a los hijos qué quieren jugar y permitirles que también ellos dirijan
- Recuperar algún juego que los adultos disfrutaban cuando eran pequeños y enseñárselo
- Inventar historias juntos sin preocuparse de que sean perfectas o tengan sentido
- Pintar, dibujar, construir, cocinar, bailar o escuchar música
- Utilizar objetos cotidianos para crear algo diferente
- Salir al jardín o al parque y observar el mundo desde la curiosidad del niño
- Crear pequeños rituales familiares: una noche de juegos, una tarde para cocinar juntos o un cuento inventado antes de dormir
- Guardar el teléfono durante algunos momentos para favorecer una presencia más consciente
La finalidad no debería ser llenar cada minuto de actividades ni convertir el juego en otra obligación para los padres. Se trata de abrir pequeños espacios donde puedan encontrarse, destaca la experta.
Juegos recomendados para comenzar
Ximena Fuentes destaca que “no se trata únicamente de jugar con ellos; por unos minutos, también podemos volver a jugar como nosotros”. Por ello, recomienda desconectarse del dispositivo móvil y comenzar con estas actividades:
- Dibujar con crayones “mi juego favorito cuando era niño”
- Crear con plastilina un juguete, personaje o recuerdo de la infancia
- Hacer barquitos o aviones de papel y ponerlos a competir
- Improvisar disfraces con sombreros, telas y objetos cotidianos
- Construir una casita o un fuerte con sábanas, almohadas y cajas
- Practicar rondas y canciones infantiles que recuerden los adultos
- Jugar mímica o adivinanzas
- Crear una historia juntos en la que cada persona agregue una parte
- Jugar a la caja de los recuerdos: sacar objetos, juguetes, dulces o imágenes antiguas y contar qué recuerdo despiertan

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