La epidemia silenciosa: 64 guatemaltecos por cada 100 mil habitantes padecen enfermedad renal crónica en el país

La epidemia silenciosa: 64 guatemaltecos por cada 100 mil habitantes padecen enfermedad renal crónica en el país

La enfermedad renal crónica avanza en Guatemala, afectando cada vez más a personas jóvenes y cambia la vida de miles de familias.

21 junio 2026
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Cada día, alrededor de 30 guatemaltecos son diagnosticados con insuficiencia renal crónica en Guatemala.

Una enfermedad silenciosa, costosa y, en buena medida, prevenible que durante décadas se asoció con personas mayores con diabetes o hipertensión, hoy afecta cada vez más a hombres y mujeres en edad productiva.

Con 9,581 pacientes activos registrados hasta mayo de este año, la Unidad Nacional de Atención al Enfermo Renal Crónico (Unaerc) sostiene una de las cargas más pesadas del sistema de salud guatemalteco.

La tasa nacional ronda los 64 pacientes en tratamiento por cada 100 mil habitantes, pero el mapa del país está lejos de ser uniforme: en Santa Rosa la cifra asciende a 166 por cada 100 mil habitantes, seguida de Jutiapa, Retalhuleu, Guatemala y Escuintla.

Los datos resultan aún más alarmantes al compararlos con el comportamiento histórico de la enfermedad. Según registros de la Unaerc, en el 2008 la institución atendía únicamente a 1,630 pacientes; desde entonces, la cifra ha aumentado aproximadamente 585%.

El silencio de la enfermedad

Erick Ávila tenía 30 años cuando, un 28 de diciembre, comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho y una sensación de ahogo al caminar. Ávila narra que “de la nada” comenzó a hincharse y atribuyó ese síntoma a una reacción alérgica provocada por una inyección que se aplicó para aliviar el dolor de pecho.

La hinchazón comenzó a expandirse por todo el cuerpo. “Hasta me dejó de quedar la ropa”, dice. La celebración de Año Nuevo fue complicada. No la pasó bien debido a los síntomas y llegó un momento en que, cuando regresaba a su casa, se desmayó y tuvo que acudir a un hospital.

Por las fechas, se abocó a una clínica privada donde le diagnosticaron insuficiencia renal crónica. “Yo no sabía nada de la enfermedad y no sabía que era así de grave”.

En la clínica privada lo remitieron al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (Igss),donde estuvo internado varios días. Le realizaron diálisis y le colocaron un catéter para recibir los tratamientos posteriores.

Según cuenta Ávila, cuando le dieron el alta hospitalaria se le hizo extraño que no le retiraran el catéter. “Yo le pregunto al doctor: ‘¿Pero cómo me voy a ir si no me han quitado esto?’”, recuerda. La respuesta lo marcó: “Es que con eso tienes que vivir de por vida”.

La enfermedad renal crónica no avisa. Según explica el director médico asistencial de la Unaerc, Pedro Dávila, este padecimiento “es un daño establecido en la estructura del riñón que implica un deterioro progresivo de la función del mismo”.

La característica central de la enfermedad, dice, es que es irreversible. Se mide en un porcentaje de función renal que parte de 100% y, cuando cae por debajo del 15%, el paciente puede necesitar diálisis.

Los síntomas —hinchazón en pies y rostro, presión arterial que no se controla, orina espumosa o con cambios de frecuencia, anemia sin explicación y picazón en la piel— suelen aparecer cuando el daño renal es avanzado. Por eso, dice Dávila, cerca del 80% de los pacientes llega al sistema de salud en la etapa más avanzada de la enfermedad, cuando ya necesita diálisis.

Ese patrón se repite en los testimonios de quienes hoy conviven con la enfermedad. Ninguno de ellos sospechaba lo que tenía hasta que el cuerpo se lo impuso.

Complicaciones de la enfermedad

Según explica la doctora María Cristina Álvarez, la enfermedad renal tiene cinco etapas:

En la etapa 1, los riñones funcionan con normalidad y el daño es leve. La persona no suele tener síntomas; a veces, la única pista es la presencia de proteínas en la orina, que solo se detecta con un examen específico.

En la etapa 2, el daño sigue siendo leve y los riñones, en general, todavía funcionan bien. Tampoco aquí suele haber señales evidentes.

La etapa 3 marca un punto de inflexión: los riñones ya no depuran los desechos ni eliminan el líquido sobrante con la eficiencia debida. Esos desechos empiezan a acumularse y pueden derivar en presión arterial alta o alteraciones óseas. Pueden aparecer los primeros síntomas, como debilidad, cansancio o hinchazón de pies y manos. Con tratamiento y cambios en el estilo de vida, explica Álvarez, muchos pacientes en esta fase logran evitar el avance hacia las etapas siguientes.

La etapa 4 implica un daño moderado o severo. Los riñones ya no logran depurar adecuadamente la sangre, lo que puede derivar en presión arterial alta, alteraciones óseas o insuficiencia cardíaca. Suelen aparecer hinchazón en manos y pies, así como dolor en la parte baja de la espalda. Es la última etapa antes de la falla renal y, por eso, resulta clave el seguimiento con un nefrólogo para retrasar el daño y planificar a tiempo las opciones de tratamiento.

Finalmente, la etapa 5 es la enfermedad renal terminal. Los riñones están a punto de fallar o ya fallaron, y los desechos que dejan de eliminarse se acumulan en el cuerpo, lo que puede agravar de forma severa la salud del paciente. En este punto, las únicas opciones de tratamiento que permiten seguir con vida son la diálisis y el trasplante renal.

Detrás de cada sesión de diálisis hay largas jornadas de viaje, gastos constantes y familias que reorganizan toda su vida. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Gabriel de Jesús Castro conoció esa escala, etapa por etapa, casi sin darse cuenta.

Tenía 20 años cuando empezó a sentir frío en pleno calor. Después se le puso la piel amarillenta y le sangraba la nariz sin motivo. En una ocasión, jugando futbol, “ya no aguantó ni cinco minutos”.

Sus hermanos lo llevaron al médico y los exámenes de laboratorio confirmaron lo que el cuerpo llevaba meses anunciando: insuficiencia renal crónica.

Eso fue en el 2018. Hoy, ocho años después, viaja tres veces por semana desde su aldea, en San José Pinula, hasta la capital para conectarse a hemodiálisis, acompañado siempre por su madre.

El trayecto en taxi —porque el bus tiene pocos horarios y no llega a tiempo— le cuesta a la familia unos Q600 a la semana.

Gumersindo González Alonso, instalador de ventanería de 58 años, residente en San Juan Sacatepéquez, llegó al diagnóstico por un camino distinto: las náuseas.

Empezaron casi sin avisar, un día cualquiera, mientras intentaba desayunar, y se repitieron hasta que dejó de comer casi por completo durante todo el 2023. Llegó a pesar 103 libras, cuando antes pesaba 172, según cuenta.

Un médico, antes del diagnóstico definitivo, le dijo que sus riñones estaban bien, porque si fueran ellos “se hubiera tirado en la camilla del dolor”. A finales de ese año se desmayó y su familia tuvo que llevarlo de emergencia al hospital. “Yo creo que, si no me hubieran llevado, ya no hubiera pasado el año”, dice.

Ahí se enteró de que tenía enfermedad renal. Hoy viaja solo desde su comunidad hasta la capital. Paga entre Q30 y Q40 por trayecto y, después de cuatro meses de turnos inciertos —llegaba desde las 4.30 horas sin garantía de encontrar una máquina disponible—, finalmente consiguió un horario fijo para sus sesiones.

El golpe, en los tres casos, no es solo físico. Una sola sesión de hemodiálisis privada puede costar entre Q1,000 y Q1,500, según explica la doctora Álvarez, y la mayoría de pacientes necesita tres sesiones por semana. Eso significa que, sin la cobertura del Igss o de instituciones como la Unaerc —que ofrecen el tratamiento de forma gratuita—, sostener el tratamiento durante un solo mes podría superar los Q12,000, una cifra inalcanzable para buena parte de los pacientes. Según datos de la Unaerc, el 80% vive en condiciones de pobreza o pobreza extrema.

El rostro de la enfermedad renal en Guatemala está cambiando: ya no es exclusivamente el del adulto mayor con diabetes o hipertensión. Cada vez más hombres y mujeres en edad productiva, muchos provenientes de áreas rurales y vinculados a trabajos físicamente demandantes, enfrentan una enfermedad que también arrastra a sus familias hacia una crisis económica silenciosa.

Gabriel de Jesús Castro fue diagnosticado con enfermedad renal crónica cuando tenía apenas tenía 22 años y poco a poco ha adaptado su vida a la enfermedad. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

El peso del calor y el trabajo en el campo

Tanto Dávila como Álvarez coinciden en que un grupo creciente de pacientes no tiene diabetes ni hipertensión —las causas tradicionales—, sino lo que la medicina denomina enfermedad renal crónica no tradicional o nefropatía mesoamericana.

“Son pacientes que han sido expuestos a altas temperaturas, al calor y a la deshidratación recurrente”, describe Álvarez. “Tienen jornadas laborales muy largas bajo el calor, no tienen descansos y, obviamente, no se hidratan bien”. Muchos, agrega, sustituyen el agua por bebidas azucaradas o carbonatadas.

La causa exacta de esta variante de la enfermedad todavía se desconoce. Entre los factores que se investigan actualmente figuran la exposición al calor, los pesticidas, los metales pesados y el agua dura; el uso de medicamentos antiinflamatorios no esteroideos o el consumo de tabaco; infecciones como la leptospirosis, el hantavirus y la malaria; la baja ingesta de agua y la predisposición genética.

Diversos estudios han identificado un aumento de la enfermedad renal crónica de causas no tradicionales entre trabajadores agrícolas jóvenes, especialmente en las regiones más cálidas del país.

Estos factores se evidencian en el ensayo científico del investigador Alejandro Cerón, de la Universidad de Denver, publicado en la revista Ciencia, Tecnología y Salud. Cerón sostiene que esta variante de la enfermedad —nefropatía mesoamericana— se ha convertido en un importante problema de salud pública en Centroamérica y Asia, que afecta especialmente a trabajadores agrícolas jóvenes. Además, plantea que entender sus causas exige analizar también las condiciones laborales y ambientales de las comunidades agrícolas, no solo los factores de riesgo individuales.

La mayoría de estudios la describe como el resultado de la exposición repetida al calor y la hidratación inadecuada, factores que actúan junto con toxinas o agentes infecciosos para dañar los riñones.

Vivir conectado a una máquina varias veces por semana es la realidad que enfrentan miles de pacientes en el país. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Vivir con la enfermedad

Para quienes ya la padecen, la rutina cambia por completo. Gabriel se levanta a las 3.30 horas los días que le corresponde la diálisis para llegar a tiempo a su turno.

Gumersindo hace lo mismo desde San Juan Sacatepéquez y, entre el viaje, la espera y el tratamiento, se le va el día completo. Erick también aprendió a adaptar su rutina a las exigencias de la enfermedad.

Los tres mencionan algo en común: el papel de la familia como sostén. También coinciden en el mismo obstáculo: mantener un empleo cuando necesitan ausentarse tres veces por semana, varias horas cada vez, para recibir una sesión de hemodiálisis.

Gumercindo González viaja tres veces por semana desde San Juan Sacatepéquez para completar su tratamiento de diálisis. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

¿Se puede prevenir?

La respuesta de los especialistas es la misma: sí, en gran medida.

“Es altamente prevenible”, afirma Dávila, quien recuerda que buena parte de los casos asociados con la diabetes y la hipertensión podrían evitarse con una alimentación saludable, ejercicio y control médico.

Álvarez insiste en fortalecer la atención primaria, especialmente en las zonas de mayor riesgo, y en garantizar que los trabajadores expuestos al calor tengan acceso a suficiente hidratación y a descansos programados durante la jornada laboral.

Ambos médicos recomiendan un chequeo anual —que incluya exámenes de creatinina en sangre y de proteínas en la orina— para quienes tienen antecedentes familiares, diabetes, hipertensión u obesidad.

El mensaje, repetido por ambos especialistas, es simple: la enfermedad no duele hasta que ya es tarde, y la única forma de adelantarse es detectarla antes de que dé señales.

Fuente original:Prensa Libre

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