“La llamó Osa”: de rescatar una perrita herida a cuidar 59 perros en su casa de Xela

“La llamó Osa”: de rescatar una perrita herida a cuidar 59 perros en su casa de Xela

Casi dos décadas de rescates transformaron la vida de Siomara Alonso, que ahora enfrenta una preocupación: quién cuidará a sus perros cuando ella ya no pueda.

6 septiembre 2026
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Una tarde de viernes, cuando regresaba del trabajo por la calle Cajolá, en Quetzaltenango, Siomara Alonzo volvió a encontrarse con una perrita que llevaba varios días tirada en una acera.

Ya la había visto antes. Cada vez que pasaba por el lugar le dejaba comida, pero aquella tarde había algo distinto: estaba por llover.

Cuando la perrita se levantó para acercarse, Alonzo descubrió que tenía el lado derecho del lomo completamente sin piel.

Había una clínica veterinaria cerca y decidió pedir ayuda.

“Me dijeron: ‘Mire, aquí solo es clínica veterinaria, no es hospital’. Entonces les dije: ‘Yo me la voy a llevar a la casa; solo medíquela’”, recuerda.

La llamó Osa.

Tardó alrededor de 15 días en recuperarse y nunca regresó a aquella acera. Vivió cuatro años con Alonso, hasta que un tumor en la garganta terminó con su vida.

Era el 2007.

Siomara todavía trabajaba para el Ministerio de Educación y no imaginaba que aquel rescate sería el comienzo de una labor que, casi dos décadas después, ocupa buena parte de sus días y de su casa.

Actualmente tiene 59 perros bajo su cuidado.

Una vida en Quetzaltenango

Siomara Alonzo nació el 12 de mayo de 1972 en Quetzaltenango, ciudad donde creció y ha vivido toda su vida.

Estudió en los colegios María Auxiliadora y Teresa Martín. Más adelante trabajó durante 21 años para el Ministerio de Educación, en Supervisión Educativa. Actualmente está jubilada.

Los perros, sin embargo, estuvieron presentes desde su infancia.

“En la casa siempre hubo perritos. Había seis perros en la casa cuando yo crecí”, cuenta.

Después de Osa comenzaron a aparecer otros casos. Eran perros enfermos, ancianos, atropellados, heridos o con alguna discapacidad que, a juicio de Alonzo, difícilmente podrían continuar solos en la calle.

“Llegó el momento en que me di cuenta de que ya no era ayudar a uno o dos perritos. Había muchos que necesitaban ayuda y que no podían seguir en la calle”, afirma.

Ya perdió la cuenta de cuántos ha rescatado desde entonces.

Calcula que alrededor de 70 han encontrado una familia mediante adopciones. Otros permanecieron con ella porque nadie quiso adoptarlos.

Los 59 perros comen dos veces al día y consumen alrededor de 20 libras de alimento en cada tiempo, según Siomara Alonso. Foto Prensa Libre: Siomara Alonzo, cortesía.

El día comienza a las 5.30 horas

En la casa de Siomara, la jornada empieza antes de que salga el sol.

A las 5.30 horas se levanta y, después de agradecer a Dios por un nuevo día, comienza la limpieza.

Recoge las chamarritas donde durmieron los perros, las deja en remojo con detergente y limpia los patios. Cuando los espacios están secos, prepara el alimento.

Los perros comen dos veces al día y consumen aproximadamente 20 libras de alimento en cada tiempo.

Después vienen las vitaminas para los más viejos, los medicamentos para los que están bajo algún tratamiento y la atención especial de aquellos que viven con una discapacidad.

Alonso llegó a tener simultáneamente hasta 10 perros que no podían caminar. También ha cuidado animales de tres patas, sordos y ciegos.

Su vivienda tuvo que modificarse conforme aumentó el número de perros. El portón fue dividido, los patios fueron acondicionados con galeras y colocó separaciones en los pasillos para proporcionarles espacios donde permanecer y descansar.

Su familia no siempre entendió aquella decisión.

“Siempre falta un familiar que le diga a uno que necesita ir al psicólogo, que lo que está haciendo no es normal, que mejor deje de hacerlo”, relata.

En algún momento también le pidieron que se detuviera porque ya eran demasiados perros.

Su hijo, David, en cambio, se convirtió en uno de sus principales apoyos.

“Cuando algún perrito está enfermo y yo a veces me pongo triste, él siempre me da ánimos y me dice: ‘No, luchemos, sigamos adelante’”, cuenta.

Mili, un “milagro”

Una noche, alrededor de las 22 horas, Alonzo recibió una llamada.

Había una perra tirada cerca de un condominio privado ubicado en los límites de Cantel y Quetzaltenango.

Ella no tenía transporte para llegar hasta el lugar, pero el joven que la había alertado se ofreció a llevarla.

Encontraron a la perra asustada y sin poder caminar. Había sido atropellada días antes y había quedado inválida.

Siomara la llevó a casa. Era la primera vez que atendía a un perro en esas condiciones.

“Le compuse su camita y ahí estaba yo con la perrita, sin saber qué hacer. No sabía cómo tratarla”, recuerda.

Al día siguiente la llevó con el veterinario Edgar Monterroso. Las radiografías confirmaron que no volvería a caminar.

Monterroso le explicó qué implicaba cuidar a un animal con esa discapacidad y le enseñó cómo limpiarla, cambiarle el pañal y atenderla.

Siomara decidió continuar.

La llamó Mili.

“Para mí fue un milagro que estuviera bien y se recuperara después de todo lo que pasó”, explica.

Mili vivió alrededor de cinco años con ella.

Perros abandonados frente a su casa

Con el tiempo, más personas supieron que Alonso recibía animales.

Durante la pandemia, algunos perros fueron abandonados directamente frente a su vivienda.

“Fueron a dejar muchos perros. Dejaban perros amarrados a la puerta, perros amarrados al poste. ¿Y qué podíamos hacer más que traerlos?”, recuerda.

Para Alonso, detrás del abandono se repiten la falta de responsabilidad, educación y empatía.

También asegura haber visto vehículos alejarse mientras el perro recién abandonado corría detrás de sus propietarios.

Otros, señala, son dejados cuando envejecen o enferman.

“Si uno tiene una mascota tiene que saber que es un compromiso desde que la aceptó hasta que Dios disponga del animalito”, afirma.

Las adopciones que también dejaron heridas

Dar un perro en adopción no siempre significó para Alonso el final de un rescate. Una de las historias que más recuerda es la de Nube.

La perrita fue entregada en adopción por medio de una agrupación. Siomara mantenía comunicación telefónica con la persona que supuestamente la tenía, pero no conseguía visitarla.

Tiempo después, mientras se encontraba en su trabajo, su hijo la llamó.

Había reconocido a Nube en un reportaje sobre un hombre que fabricaba sillas de ruedas para perros.

Alonso salió de la oficina y fue a buscarla. La encontró inválida.

Según relata, los adoptantes se habían mudado y la dejaron en la calle. Posteriormente fue atropellada.

“Cuando yo le hablé a la perrita, ella, en lugar de reaccionar bien, se alejó de mí. Yo entendí que estaba como sentida conmigo por haberla entregado”, recuerda.

Con el tiempo logró recuperarla. Nube regresó a su casa y vivió allí otros tres años, hasta que murió de un infarto.

“Una guerra con la mente y con el corazón”

Mantener a los 59 perros requiere aproximadamente Q3 mil 200 mensuales, calcula Alonso.

El dinero se utiliza principalmente para comprar alimento, insumos de limpieza y medicamentos. Para conseguir los recursos confecciona y vende ropa para perros. Lo que falta lo completa con su jubilación.

“No hay feriados, no hay días festivos, no hay descansos. Todos los días es trabajar, limpiar y muchas veces se deja la vida personal”, señala.

Varias veces ha decidido que no rescatará otro perro. La decisión suele durar poco.

“Salgo a la farmacia o a hacer algún mandado y me encuentro un perrito lastimado, un perrito atropellado. Entonces digo: tal vez soy la única ayuda que vaya a tener él en todo ese día”, cuenta.

Por eso, asegura, ya dejó de decir que no volverá a rescatar.

Cuando aparece un nuevo animal y sabe que no tiene espacio ni recursos, describe lo que siente como “una guerra con la mente y con el corazón”.

“La mente me dice no, pero el corazón y mi conciencia me dicen: ‘No lo puedo dejar ahí’”.

Hace poco más de un año volvió a enfrentarse a esa decisión. Encontró un perro atropellado con fractura de fémur. Ya no podía recibirlo en su vivienda, pero tampoco quiso dejarlo en la calle.

Todavía paga un hospedaje para mantenerlo resguardado.

Un refugio como sueño y una preocupación por el futuro

Si pudiera asegurar una sola cosa para continuar su labor, Alonzo elegiría el alimento, porque representa su principal gasto.

Con ese recurso garantizado, explica, podría destinar más dinero a esterilizaciones y atención veterinaria.

También tiene otro sueño: conseguir un terreno donde pueda construir un refugio.

“Donde ellos estén bien, donde tengan todas las libertades, puedan correr, jugar, bañarse y estar tranquilos”, dice.

Sin embargo, cuando piensa en el futuro, su mayor preocupación está dentro de su propia casa.

Son los 59 perros que actualmente dependen de ella.

Durante los días fríos coloca calentadores para protegerlos de las bajas temperaturas. Cuando hace calor utiliza ventiladores. Procura que tengan comida, medicamentos y una chamarrita donde dormir.

“No es que les dé un palacio. Les doy lo que tengo dentro de mis posibilidades”, afirma.

Le preocupa el momento en que ya no pueda hacerlo.

“Me da miedo que el día que yo ya no pueda atenderlos ellos regresen a la calle. ¿Qué van a hacer ellos?”, pregunta.

Casi dos décadas después de aquella tarde en que encontró a Osa sobre una acera de Xela, Alonso sigue enfrentándose a la misma decisión cada vez que encuentra otro perro herido o abandonado.

Hasta ahora, siempre se ha detenido.

Fuente original: Prensa Libre

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