Las preguntas que me hice tras estar a punto de morir sin darme cuenta un sábado cualquiera en mi propia casa

Las preguntas que me hice tras estar a punto de morir sin darme cuenta un sábado cualquiera en mi propia casa

La escritora Marta Jiménez Serrano habla sobre el trauma, la crisis de la vivienda y la incertidumbre que define a toda una generación.

5 septiembre 2026
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Hace seis años, Marta Jiménez Serrano se levantó una mañana de sábado de invierno en la casa donde vivía con su pareja. Horas después, se desplomó en el suelo del baño.

Ni ella ni él sabían que estaban muriendo. Una caldera sin los controles adecuados del departamento que alquilaban llevaba tiempo liberando monóxido de carbono dentro de la vivienda y, poco a poco, los estaba intoxicando en silencio.

Pasaron varios años hasta que Jiménez Serrano pudo “colocar el trauma en su lugar” y encontrar las palabras para contar aquella experiencia. Con el tiempo, entendió que ese encuentro cercano a la muerte le había cambiado su forma de mirar la vida.

“En el fondo, el libro habla del duelo por aquella niña que no sabía que iba a morir”, dice la escritora española, de 35 años, nacida en Madrid.

“Durante un tiempo vivimos sin ser realmente conscientes de nuestra propia muerte, y ese es un tiempo feliz del que, de alguna manera, hay que despedirse”, agrega.

Tras su primera novela “Los nombres propios” (Sexto Piso, 2021) Jiménez Serrano se convirtió en una de las nuevas y más talentosas voces de la literatura en español.

En su último libro, “Oxígeno” (Alfaguara, 2025), la autora parte de una experiencia traumática para explorar la incertidumbre que define a su generación, desde las nuevas formas de entender el amor y la familia hasta los problemas materiales más elementales como es el acceso a la vivienda.

Marta Jiménez Serrano habló con BBC Mundo en el marco del Hay Festival, que se celebra del 4 al 6 de septiembre en Querétaro, México.

BBC

“Oxígeno” es un relato íntimo sobre una experiencia cercana a la muerte. Después de casi seis años de aquel episodio, ¿qué cambió en tu manera de mirar la vida?

Me obligó a hacerme preguntas propias de la crisis de la mediana edad, como por qué se mueren nuestros padres o por qué enfermamos, pero en mi caso todas se concentraron en un mismo momento.

También me llevó a reflexionar de una manera más profunda sobre la muerte, lo que me hizo valorar más la vida y, paradójicamente, tomármela con menos prisa.

A veces damos por hecho que los placeres y los disgustos nos vienen dados, o que algo que la sociedad considera un placer necesariamente tiene que serlo para nosotros. Ahora pienso más en lo que realmente quiero y necesito. Está bien preguntarse qué es lo que de verdad nos hace sentir a gusto.

Así que sí, aquella experiencia me llevó a hacerme todas esas preguntas.

Antes de aquel episodio te definías como hipocondríaca. ¿Crees que atravesar una experiencia así te ayudó a mirar los problemas en perspectiva?

Sí, totalmente, aunque creo que hubo dos tiempos. No me gusta ir a la segunda etapa sin recordar primero que hubo un momento en el que los miedos se dispararon, algo bastante común después de una experiencia cercana a la muerte.

Tuve que trabajar esos miedos en terapia, entender de dónde venían, hasta que llegó un momento en que empecé a sentirme mejor. Diría que ahora estoy incluso mejor que antes del accidente y creo que todo pasa por la aceptación.

En el fondo, el libro habla del duelo por aquella niña que no sabía que iba a morir. Durante un tiempo vivimos sin ser realmente conscientes de nuestra propia muerte, y ese es un tiempo feliz del que, de alguna manera, hay que despedirse.

Aceptar que uno va a morir, que no sabe cómo ni cuándo ocurrirá y que no puede hacer nada para impedirlo terminó por quitarme el miedo a la muerte.

De algún modo, llegas a un punto en el que primero piensas: “No hay nadie al volante”. Y entras en pánico. Pero después entiendes que tampoco te corresponde conducir. Entonces simplemente miras por la ventana y disfrutas del viaje mientras dure.

Portada del libro
Alfaguara

¿El miedo a la muerte crees que nos protege o nos limita?

Es una buena pregunta. Seguramente, un poco de ambas. El miedo a la muerte es lo que nos hacía salir corriendo cuando aparecía un tigre y lo que nos ha permitido llegar hasta aquí.

El miedo puede ser una emoción muy útil, pero hay que saber calibrarlo, educarlo y reconocer cuándo conviene escucharlo.

También creo que la conciencia de la finitud es algo personal, porque como especie llevamos aquí miles de años. En ese sentido, esa limitación que impone la conciencia de la propia muerte puede aliviarse a través de un cierto sentido de comunidad.

Creo que pensar a la muerte únicamente como una limitación es individualista, si entendemos que la vida continúa después de nosotros. No nuestra vida, sino la vida de los otros. Así creo que podemos relacionarnos con ella de una manera más amable.

“El susto no es morirse: el susto es que te dé igual”, escribes. ¿Qué significa que la muerte pueda llegar a dejar de darnos miedo?

Sí, cuando estaba intoxicada y me estaba muriendo, lo más impresionante fue que no sentía angustia ni miedo. Tampoco tenía del todo claro lo que estaba pasando.

Lo que me dio miedo después, al mirar atrás, fue darme cuenta de que me habría quedado allí. No tenía ningún impulso de resistencia ni de huida. Estaba completamente entregada a esa partida.

Eso es muy impresionante, sobre todo, cuando vuelves a tomar conciencia y a aferrarte a la vida.

Has convertido una experiencia traumática en un libro. ¿Qué puede aportar la escritura a la hora de procesar un trauma?

La escritura puede ayudar a colocar el trauma en su lugar. También a acompañar ese proceso.

De todos modos, siempre digo que hice mucha terapia. La terapia no son las sesiones de terapia, sino también lo que pasa entre una sesión y otra. Y entre una y otra sesión, yo escribí un libro.

A mí la escritura me ayuda a relacionarme conmigo misma, a relacionarme con la introspección y a entender el mundo que me rodea. Entonces, en un evento traumático, creo que es una herramienta útil.

También creo que toda literatura surge de un evento traumático o de un conflicto. Si estuviéramos súper felices y conformes, no nos ponemos a escribir, nos pedimos una cerveza y ya. Toda escritura nace de un conflicto.

Un bombero de Cataluña conversa con los empleados de una tienda de electrodomésticos sobre una posible fuga de gas.
Getty Images
Entre 5.000 y 10.000 personas se intoxican con monóxido de carbono cada año en España.

¿Escribir sobre esta experiencia te sirvió para cerrar algo?

Sí, a mí la escritura me ayuda a cerrar. Siempre que termino un libro siento que cierro ese tema en mi cabeza, aunque sea por un tiempo, aunque después vuelva a él desde otro lugar.

Hubo muchos momentos en los que pensé que no iba a terminarlo, porque no lograba ordenar lo que había vivido. Hasta que entendí lo que me había pasado. Entonces me eché a llorar y pude terminarlo.

En la docencia se suele decir que uno entiende realmente algo cuando es capaz de explicárselo a los demás. Con un libro ocurre algo parecido. Creo que poder contárselo a los demás demuestra que, de alguna manera, lo has ordenado y comprendido.

El trauma suele dejar una memoria fragmentada, llena de lagunas. ¿Cómo conviertes esa memoria incompleta en una historia?

Ese ha sido uno de los retos del libro.

La literatura es, por naturaleza, una forma de ordenar la experiencia. El lenguaje es secuencial: una palabra va detrás de otra. Y, de algún modo, quería transmitir esa fragmentación de la memoria, ese desorden del duelo y esa lógica propia del tiempo traumático.

“Que sepa el lector que toda ilusión de sentido es una fantasía”, escribo en mi libro. Y lo hago porque creo que cuando uno cuenta algo caótico o devastador, siempre tiene la sensación de estar narrándolo de una forma más ordenada y coherente de lo que ha sido.

Es cierto que combinas fragmentos y saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo.

Sí, uno de los retos era intentar transmitir ese desorden. De ahí la fragmentación, los saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. De ahí también la incorporación de voces ajenas o incluso de extractos de periódicos.

En definitiva, intentaba transmitir, en la medida de lo posible, una vivencia desordenada. Y eso es difícil a la hora de hacer en un libro, porque la escritura te pide precisamente lo contrario: ordenar la experiencia para poder contarla.

El episodio en el que se centra tu novela ocurrió dentro de la vivienda donde vivías, un lugar supuestamente seguro.

Sí, esta experiencia cercana a la muerte la viví en mi propia casa, un sábado por la mañana. Entonces, de repente, sentí que no existía ningún lugar verdaderamente seguro y que uno podía morir en cualquier momento y en cualquier sitio.

También apuntas a la crisis de la vivienda en España, dado que ocurre en un departamento alquilado al que le faltaban ciertos controles. ¿Cómo crees que la dificultad para acceder a una vivienda marca a tu generación?

Nos afecta muchísimo. Yo creo que lo que intenté en el libro es justamente vincular esa necesidad material con sus consecuencias emocionales e íntimas.

Todos conocemos las cifras y los datos, pero el problema es que no poder contar con un hogar en el que descansar afecta nuestra idea de futuro, condiciona la posibilidad de formar una familia e incluso erosiona nuestro sentido de la estabilidad.

Hay una pregunta de fondo que atraviesa todo esto: ¿dónde puedo echar raíces?, ¿dónde puedo poner el pie y quedarme? Y creo que esa incertidumbre está teniendo muchísimas consecuencias en nuestra generación.

Dices que es difícil llamar hogar a un lugar donde ni siquiera puedes colgar un cuadro y lo comparas con nuestras abuelas que podían llegar a vivir toda la vida en la misma casa. ¿Cómo piensas ese contraste?

Marco ese contraste entre nuestra vida y la de nuestras abuelas porque también pienso que ellas pudieron sentirse asfixiadas por no salir nunca de su pueblo. Tampoco se trata de idealizar aquella realidad.

Aun así, contar con una base mínima de estabilidad es fundamental para construir un futuro, una intimidad y una rutina. El precio de la vivienda ha aumentado enormemente en comparación con los salarios, algo que no ha ocurrido en la misma medida con otros aspectos de la vida.

Entiendo que se trata de un problema transversal que afecta a España, pero también a otros países de Europa y a buena parte de América Latina.

Hemos terminado metiendo la vivienda en el mismo saco que cualquier otra propiedad o bien de consumo. Pero no hay que perder de vista que, además de ser una propiedad privada, también responde a una necesidad básica y cumple una función social.

Al final, todo el mundo debería poder contar con un techo bajo el que vivir.

Manifestantes marchan por el centro de Madrid, el 24 de mayo de 2026, durante una protesta organizada por el Sindicato de Inquilinas de Madrid.
Getty Images
Jiménez Serrano reflexiona sobre el desafío del acceso a la vivienda en España.

El problema de la vivienda parece reflejar una de las tensiones centrales de nuestra generación. ¿Crees que disfrutamos de más libertad, pero también de una mayor sensación de incertidumbre?

Sí, totalmente. En el caso de la vivienda, la diferencia está en si uno se muda porque quiere o porque no le queda más remedio.

Me parece peligroso idealizar la vida de nuestras abuelas, porque muchas veces no era que no quisieran mudarse, sino que no podían. Tampoco podían salir de sus pequeños entornos rurales ni acceder a estudios que hoy damos por sentados.

Pero, claro, esta situación también nos llena de incertidumbre.

Lo ideal sería poder mudarse por elección y no por obligación. Sin embargo, la precariedad de muchos contratos hace que vivamos con el temor constante de que el casero nos eche de casa o de que surja algún problema que escape por completo a nuestro control.

¿Cómo crees que la crisis de la vivienda afecta el modo de pensar una familia?

Creo que mucha gente no tiene hijos porque no puede y mucha otra tiene menos de los que le gustaría, o solo uno, porque no cabe en casa, porque no puede permitirse una vivienda más grande o porque una parte enorme de sus ingresos se va en pagar el alquiler o la hipoteca, dejando menos margen para otras necesidades básicas.

Antes una familia podía acceder a una vivienda con un solo sueldo, ahora ni siquiera dos son suficientes. Eso hace que dependamos de dos ingresos para sostener un hogar y también dificulta que una de las personas pueda dejar de trabajar durante los primeros años de crianza.

Muchas veces, sencillamente, no es una opción.

Si tuvieras que sintetizar el espíritu de tu libro en una idea, ¿dirías que tiene que ver con ese momento en que un lugar seguro deja de serlo?

Sí, totalmente. Creo que el libro habla de esa toma de conciencia de la fragilidad, incluso de aquello que dábamos por sentado. Y también de cómo me relaciono con esa certeza.

Una vez que me doy cuenta de que todo puede terminar de un día para otro, la pregunta pasa a ser: ¿cómo coloco eso en mi vida y cómo convivo con ello?

Y esto se conecta con lo que decía antes: primero llega el miedo y después, poco a poco, la aceptación.

Llega un momento en que dejas de resistirte y piensas: “Bueno, esto es lo que hay”. Entonces lo único que queda es disfrutar de la fiesta mientras las luces sigan encendidas.

Fuente original: Prensa Libre

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