“Los fronterizos somos de EE.UU. y de México y, al mismo tiempo hemos tenido el poder y la pasión para crear nuestra propia identidad”

“Los fronterizos somos de EE.UU. y de México y, al mismo tiempo hemos tenido el poder y la pasión para crear nuestra propia identidad”

En “Material inflamable”, Rosa Ramírez Mazaheri dinamita el relato de superación, construyendo una obra en la que conviven el español y el inglés como lo hacen en las comunidades fronterizas, sin que un idioma se imponga al otro, salpicada de slang y d...

8 septiembre 2026
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“Nos engañan para venir acá”.

Para la protagonista de la novela “Material inflamable”, llegar a estudiar a una universidad de élite en Estados Unidos como inmigrante es peor de lo que pudo haber imaginado.

“Si sacas buenas notas en la preparatoria y vienes de una familia de bajos recursos, te dan una beca completa. Te hacen sentir como si te estuvieran dando el regalo más grande del mundo. Como si te hubieras ganado la lotería. Cuando llegas te das cuenta de que es una estafa. No te apoyan, te ponen a trabajar lavando platos (…). Te meten en una casa con morras que no te entienden y que siempre te van a tratar diferente”.

La autora de la novela, Rosa Ramírez Mazaheri, sabe bien de lo que habla. Como su personaje, ella también dejó atrás su Mazatlán natal (Sinaloa, México) siendo apenas una niña y, tras crecer en una ciudad fronteriza, se graduó en una universidad solo para mujeres.

“Son espacios que fueron fundados para dar la oportunidad de la educación superior a determinadas mujeres -blancas y ricas-, centros progresistas que deberían ser inclusivos, donde se habla mucho de feminismo, pero en los que se sigue excluyendo”, le explica a BBC Mundo.

Al contrario del común de los mortales, que suele pasar por esas instituciones casi dando las gracias por haberle permitido el acceso, la protagonista del libro trata de resistirse a esa realidad que la asfixia a golpe de Xanax, marihuana y ron. Pero, sobre todo, lo hace siendo brutalmente honesta y sin pedir permiso ni perdón.

Y con ello, Ramírez Mazaheri dinamita el relato de superación, construyendo una obra en la que conviven el español y el inglés como lo hacen en las comunidades fronterizas, sin que un idioma se imponga al otro, salpicada de slang y delirio, y que termina leyéndose como una reivindicación de la identidad.

Rosa Ramírez Mazaheri habló con BBC News Mundo en el marco del Hay Festival Querétaro, que se celebra en la ciudad mexicana del 4 al 6 de septiembre.

BBC

Le dedicas “Material inflamable” a “todas las locas con problemas”. Se podría pensar que en esa definición, de una manera u otra, cabemos todos. ¿Es un intento de desestigmatizar la locura?

Sí, definitivamente. Es algo que me interesaba mucho y que quise explorar mediante esta protagonista, en la que observamos una locura en un sentido más obvio, más público, más desarrollado. Aunque en lo que yo estaba meditando al escribir es que bajo las condiciones en las que vivimos hoy, no queda de otra más que enloquecer un poco.

Creo que siempre hay algo que nos lleva a eso y, en algunos casos, a cuestiones de salud mental o adicciones. Así que me importaba mucho quitar el estigma y abordarlo con compasión, con entendimiento.

Sin embargo, quien busque un relato de superación no lo va a encontrar en tu novela. No hay ahí ni juicio ni moraleja. ¿Esa era tu intención?

A las personas que tienen alguna relación problemática con diversas sustancias a veces solo les otorgamos respeto o compasión si la han superado o si la están tratando de superar; esa idea de que se humaniza a alguien solo si está comprometido con hacer algo.

Así que me interesaba mucho crear un personaje del que te puedes encariñar, que no está tratando necesariamente de arreglarse, que quizá a algún nivel está lidiando con la adicción y los problemas de salud mental, pero que por el momento no le importa ni le interesa salir de ello ni cambiar.

Además, su estado mental o emocional responde claramente a su contexto como inmigrante mexicana en Estados Unidos. ¿Cuánto tiene de tu propia experiencia este personaje y lo que narras en la novela?

Bastante, la verdad. Empecé a escribir “Material inflamable” cuando estaba en mi programa de escritura creativa en la Universidad de Iowa. Era la primera vez que me acercaba a la narrativa o a la ficción, porque antes de la maestría sólo escribía poesía.

Como poeta siempre partía del yo, así que, cuando intenté acercarme a la narrativa, lo más fácil fue también partir del yo, usar mis propias experiencias para formar este mundo, y de ahí llevarlo a otro lugar, estirarlo, empujar los límites y usar la ficción como una herramienta para desarrollar otro.

Al principio pensé que no sería tan reconocible, pero ahora resulta que de inmediato, con tener un poco de contexto y saber que yo migré y que estudié en una universidad muy similar, eso ya no tiene sentido.

Así que pasé de querer decir que no tengo conexión con esa protagonista a decir que abarca las experiencias de muchas. Lo que más deseo es que otras personas se puedan ver reflejadas y entendidas.

Tienes en común con la protagonista que te criaste en Mazatlán (Sinaloa, México), que migraste a EE.UU. siendo prácticamente una niña y que allí estudiaste en una universidad de élite. Sobre esto último, ella dice que es peor de lo que pudo haber imaginado. ¿Es lo que se encuentran hoy las mujeres como tú cuando estudian en un centro educativo así en EE.UU.?

Sí, definitivamente sigue siendo una experiencia muy marcada, ya no solo si eres migrante, sino para cualquier persona con una identidad marginada. Si no cabes exactamente dentro de un molde, vas a tener estas experiencias de aislamiento, de desarraigo.

Es interesante estar en esos espacios que fueron fundados para dar la oportunidad de la educación superior a las mujeres, a determinadas mujeres -blancas y ricas-, donde se habla mucho de feminismo pero que se sigue excluyendo a muchísimas.

Son espacios más progresistas y que se supone deben ser inclusivos, pero las cosas no cambian nunca o cambian muy lentamente, porque nadie quiere confrontar las violencias que están sucediendo.

De hecho, para mí llegar a ese espacio fue incluso más chocante que cuando migré de México a Arizona, porque migré a un pueblo muy cerca de la frontera, donde seguí hablando español, rodeada de personas que hablaban mi idioma y que se parecían a mí. Teníamos las mismas experiencias culturales y socioeconómicas.

Dices que ese contexto de exclusión o discriminación se sigue reproduciendo porque no hay quien lo enfrente. Sin embargo, tu protagonista sí que lo hace. Lo hace siendo brutalmente honesta, porque ella no pretende ser alguien que no es, y sin que le importen las consecuencias, como si no tuviera nada que perder. ¿No hay algo en ello de plantarle cara a algo más amplio, a esa parte de EE.UU. que se resiste a la inclusión, que marca las diferencias, al clasismo y al racismo?

Sí, esa es una intención muy clara que tenía desde el principio: la de contar una historia que se pudiera leer como un método de resistencia. Porque la literatura es, a fin de cuentas y más que casi cualquier otra cosa, un método de resistir ante lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

Me interesaba hacer el ejercicio de no decirlo explícitamente, pero sí mostrar que la protagonista se siente sofocada por ese ámbito (universitario) y que todo lo que hace es un intento de de resistir, de interrumpir esas violencias que se viven, que son diarias y que llega el momento en el que la cansan tanto que ya no le importa no ser vista como alguien que siempre está pidiendo permiso para ser aceptada.

Porque muchos, cuando entramos a esos espacios, tenemos que estar siempre dando las gracias por habernos permitido estar ahí. Todo lo que haces, las maneras en las que actúas y te relacionas tienen que ser desde ese agradecimiento, que implica, al mismo tiempo, que no perteneces.

En la vida diaria no podemos permitirnos el lujo de hacer lo que queramos o decir lo que queremos decir, porque tenemos que lidiar con consecuencias muy concretas. A fin de cuentas, estamos dentro de estos sistemas y tenemos que trabajar dentro de ellos. Así que muchísimas veces nos achicamos, nos hacemos al lado, pedimos permiso.

Pero yo quería que esta protagonista no se preocupara por nada de eso, que no se angustiara, que no se sintiera derrotada. Quería que fuera todo lo opuesto: que siempre se sintiera victoriosa, que no se preocupara por las consecuencias.

Ella se rehúsa a entrar en ese juego de comportarse de cierta manera para que le den acceso.

Además de tener que andar pidiendo permiso, has descrito la experiencia migrante como una “lucha constante para demostrar que no se es una amenaza y que se tiene algo que contribuir al país”. Y también has hablado de una presión muy concreta que se vive de cara a la familia, que quizá ha sacrificado tanto para que estés donde estás. Eso, sin embargo, no es algo que parezca sentir la protagonista.

Es cierto que hay una presión de hacerlo todo en nombre de los sacrificios que hicieron los que emigraron; incluso cuando eres tú el que migras, pues son los padres los que están haciendo posible el movimiento.

Pero la protagonista, a pesar del cariño que le tiene a su familia, no está preocupada con salvar a nadie, ni siquiera a ella misma. Por eso es algo que no pude agregar con naturalidad, porque me parecía que estaba fuera de lo que representa el personaje.

En cuanto a su relación con la familia, la quise complicar un poco, pero sin incluir prejuicios.

La protagonista habla muy abiertamente de las experiencias de sus padres y cómo la han impactado y, al mismo tiempo, nos demuestra que su madre es de las únicas personas a las que le cuesta mentir; le cuesta porque la respeta, y le muestra un afecto que muestra a muy pocas personas en la novela.

Además, ciertas cosas que quizás se podrían ver como fallas dentro del rol de la madre, ella no las interpreta de esa manera.

(La novela) Trata de abordar a la madre sin prejuicio, sin resentimiento, simplemente diciendo: “Mira, pasaron estas cosas, pero para mí son cosas que fueron formativas y que me hicieron crecer en un sentido positivo”.

Portada de
Editorial Almadía

De hecho, la portada es un guiño a la relación que la protagonista tiene con su madre. Esas uñas rosadas, sintéticas, largas, decoradas, hacen referencia a la afición que comparten por la manicura. Pero también simboliza algo más allá, ¿verdad?

La mano de la portada es mía. Y, efectivamente, me interesaba usar la imagen de las uñas porque me parece que está muy cargada de la relación con la madre, pero también de otras cosas.

Tener las uñas adornadas es una de las pequeñas maneras que encontramos para decir: “No me pueden poner dentro de una cierta caja. Quizá soy de clase trabajadora o no tengo los recursos que tienes, pero me voy a adornar estas uñas”.

Es un gesto de alguna manera sociopolítico, como cuando nos preocupamos por tener cosas de marca, en un esfuerzo constante de decir: “Yo valgo lo mismo que tú”.

Asimismo, es una referencia cultural. Una referencia, además, que no se detiene con la frontera. Es una estética que vemos en México, pero también en personas latinoamericanas y de otras identidades en EE.UU., y me parece muy chido. Es algo que nos une.

Ahora que mencionas los pequeños gestos sociopolíticos, en tu novela no hay referencias al contexto político actual de EE.UU. ¿No te quisiste meter ahí?

Me interesaba hacer guiños a cuestiones que están sucediendo alrededor de nosotros sin tener que explicitarlo; que te quedes con la idea de que quizás estamos hablando de ello sin que la protagonista tenga que hacerlo explícito, porque tampoco es natural para ella.

En los agradecimientos mencionas a Karen Vizcarra, “por entenderme de la manera que sólo otra mujer fronteriza podría”. ¿Crees que la identidad fronteriza es algo que no se termina de entender?

Creo que es algo que va cobrando su propia forma. La frontera no es natural, es una violencia que se impone y, aun así, o quizás por eso, va formando un nuevo mundo.

Las personas fronterizas de ambos lados han ido creando una nueva manera de entender el mundo, una nueva manera de hablar y de relacionarse con el entorno.

Hay quienes interactúan con la frontera a diario, que viven en México y cruzan todos los días para ir a la escuela. Así que cuando nos acercamos a la frontera, empezamos a ver esa influencia, como cuando en el norte, en vez de decir “camioneta”, la gente dice “troca” (por la palabra en inglés para ese tipo de vehículo, truck).

La frontera va creando su propio espacio en el mundo, distinto al simple hecho de emigrar o a tener una identidad mexicana en EE.UU., porque estar cerca de la frontera conlleva ciertas experiencias que no se viven en ningún otro lado, y eso me parece superinteresante y precioso.

NUEVA YORK, NUEVA YORK - 17 DE SEPTIEMBRE: La comunidad mexicoamericana de la ciudad de Nueva York celebra la Independencia de México en el Desfile anual del Día de México, el 17 de septiembre de 2023 en el centro de Nueva York, Nueva York. (Foto de Andrew Lichtenstein/Corbis vía Getty Images)
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“Quisiera que nos centráramos en los aciertos y las cosas lindas que nos da la frontera, en vez de darle el centro a ese sentimiento de división”, dice Rosa Ramírez Mazaheri.

Muchos en las comunidades fronterizas afirman: “Nosotros no cruzamos la frontera. La frontera nos cruzó”. Y para describirse, dicen: “No somos ni de aquí ni de allá”. ¿Te identificas tú con eso?

A mí la idea de ni de aquí ni de allá se me hace incompleta. Me gustaría más que fuera “de aquí y de allá”, porque eso representa más la identidad fronteriza.

Quisiera que nos centráramos en los aciertos y las cosas lindas que nos da la frontera, en vez de darle el centro a ese sentimiento de división, de que te deja fuera.

Es un sentimiento válido y lo entiendo, pero quisiera que reivindicáramos que somos de ambos lados y, al mismo tiempo, que hemos tenido el poder y la pasión requerida para crear nuestra propia identidad, que está formada, precisamente, por ser de ambos lugares y por esa proximidad.

Me gustaría que reivindicáramos el poder de formar nuestros propios mundos en vez de querer encajar en los que ya existen.

Además, hay quien argumenta que es una identidad en expansión.

Eso es, de la misma manera que la idea de que la latinidad se va ampliando. Ciertos académicos dentro de los estudios latinoamericanos consideran a una Latinoamérica que llega, por ejemplo, hasta Nueva Orleáns; una Latinoamérica que cruza mucho más allá de esta frontera que fue impuesta como un acto colonial.

Me interesa mucho esa cuestión geopolítica pero que tiene al centro nuestras identidades y no esas líneas (de frontera) que, de pronto, llegaron.

Me interesa la idea de que no tenemos que obedecer a esas estructuras, a esos sistemas, sino que podemos tomar nuestras propias decisiones de hasta dónde llegamos y quiénes somos.

Me parece importante ampliar y dar espacio, e incluir, siempre.

Rosa Ramírez Mazaheri de pie contra una estantería llenas de libros en la que se lee
Cortesía Rosa Ramírez Mazaheri
Fuente original: Prensa Libre

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