“Pensé que no iba a poder salir”: el dramático rescate del bombero que quedó atrapado en la montaña de Pochuta

“Pensé que no iba a poder salir”: el dramático rescate del bombero que quedó atrapado en la montaña de Pochuta

El mal tiempo lo dejó solo en la montaña durante el rescate del accidente aéreo en San Miguel Pochuta. Rogel Mazariegos caminó entre la selva con 70 libras de equipo, convencido de que debía regresar con vida para reencontrarse con sus hijos.

8 julio 2026
0

El uniforme, el casco y el equipo de rescate suelen ocultar el cansancio, el miedo y la incertidumbre. Sin embargo, detrás de ellos hay personas que también sienten agotamiento, sed y temor. Esa fue la experiencia que vivió el galonista Rogel Mazariegos, integrante de la Sección Aérea de Rescate del Benemérito Cuerpo Voluntario de Bomberos, quien permaneció aislado en la montaña después de que el mal tiempo obligara a suspender las operaciones aéreas durante las labores de recuperación de las víctimas del accidente de la aeronave TG-PIP, ocurrido en San Miguel Pochuta, Chimaltenango.

La tragedia dejó cuatro fallecidos: los tres ocupantes de la avioneta Beechcraft V35 Bonanza y el soldado de Primera Especialista Nicolás Felipe Ordóñez Canto, integrante de la Brigada Humanitaria y de Rescate del Ejército de Guatemala, quien desapareció mientras participaba en las operaciones y posteriormente fue localizado sin vida.

Mazariegos recuerda que el llamado de emergencia lo sorprendió mientras se encontraba destacado en la 24 Compañía de Bomberos Voluntarios, con sede en Cuilapa, Santa Rosa.

“Cuando nos activaron tuve que proceder al Aeropuerto La Aurora para abordar una de las aeronaves destinadas al rescate”, relata.

Desde el aire era evidente la magnitud del desafío. La montaña estaba cubierta por una espesa vegetación y la visibilidad era limitada.

“Era un lugar demasiado boscoso, la vegetación estaba muy alta y había muy poca visibilidad”, recuerda.

La experiencia acumulada durante años permitió que el grupo avanzara entre las copas de los árboles hasta llegar al lugar donde permanecían los restos de la aeronave.

Los rescatistas lograron evacuar a tres compañeros que habían permanecido durante la noche en la montaña y recuperaron dos de las víctimas del accidente.

Sin embargo, el panorama cambió de manera repentina.

Las condiciones meteorológicas empeoraron y la niebla cerró por completo la visibilidad, lo que obligó a las aeronaves a abandonar el área por razones de seguridad.

Mazariegos quedó solo.

Desde el aire recibió la instrucción que todo rescatista espera no tener que poner en práctica.

“Me indicaron que procediera a hacer lo que nosotros como rescatistas sabemos hacer: aplicar técnicas de supervivencia o autorescate”, cuenta.

Comenzó entonces una caminata que, asegura, jamás olvidará.

Sobre sus hombros llevaba equipo de rescate, conocido entre los socorristas como “la quijada de la vida”, con un peso aproximado de 70 libras, además de una mochila con equipo especializado.

Durante cerca de tres horas avanzó entre la montaña.

Hubo momentos en los que creyó que no lograría salir.

“Pensé que no iba a poder salir. Era demasiada la carga que llevaba”, recuerda.

El agotamiento físico comenzó a vencerlo.

La deshidratación y el esfuerzo hacían cada vez más difícil continuar.

Fue entonces cuando aparecieron varios vecinos de la aldea Unión Victoria, la comunidad más cercana al lugar del accidente.

Eran unas diez personas.

No llevaban equipo especializado ni uniforme.

Llegaron con agua, tortillas y la disposición de ayudar.

“Esan benditas tortillas me quitaron el hambre. El agua que llevaron me quitó la sed”, relata emocionado.

Durante el descenso encontraron pequeñas pozas de agua limpia donde también pudieron hidratarse antes de continuar la caminata.

Cuando los vecinos advirtieron que el bombero ya no podía sostener el peso del equipo, decidieron cargarlo entre varios.

“Ellos me ayudaron. Entre todos logramos sacar el equipo que llevaba”, dice.

Para el socorrista, aquel gesto marcó la diferencia entre quedarse en la montaña o lograr regresar.

“Esas personas fueron unos ángeles que Dios puso en mi camino. En esa montaña vi la misericordia de Dios y sentí que él iba conmigo”, afirma.

Mientras avanzaba entre la vegetación, hubo una imagen que no abandonó su pensamiento. Sus hijos.

Antes de salir hacia la emergencia habían hecho planes para compartir el domingo en familia.

La llamada de auxilio cambió esos planes.

“Solo les llamé cuando iba para cubrir ese servicio y les dije: regresaré, pero no sé a qué horas”, recuerda.

Esa promesa se convirtió en la fuerza que necesitó para seguir caminando.

“Ellos estaban esperándome y yo tenía que regresar porque ellos me esperaban”.

Mazariegos reconoce que los rescatistas suelen ser vistos como personas acostumbradas a enfrentar cualquier emergencia, pero insiste en que debajo del uniforme también hay seres humanos.

“Nosotros, adentro de este uniforme, adentro de este overall y bajo este casco, somos seres humanos. También perdemos fuerzas y nos deshidratamos.”

Ahora, después de haber regresado con vida, asegura que mantiene una deuda moral con quienes lo auxiliaron.

Su intención es volver a la comunidad para agradecer personalmente el apoyo recibido.

“Tengo que regresar. Quiero hacer algo por ellos. Hoy hicieron algo muy grande por un bombero voluntario y este bombero voluntario quiere devolver ese favor. Quiero llevarles ropa, juguetes para los niños y víveres con la ayuda de quienes quieran colaborar.”

También envió un mensaje para las nuevas generaciones de socorristas.

“Sigan entrenándose y sigan capacitándose.”

Una tragedia que cobró cuatro vidas

El Ministerio de la Defensa Nacional confirmó el martes el hallazgo sin vida del soldado de Primera Especialista Nicolás Felipe Ordóñez Canto, integrante de la Brigada Humanitaria y de Rescate del Ejército de Guatemala, quien desapareció mientras participaba en las labores de recuperación de las víctimas.

La institución informó que su localización fue resultado de las operaciones de búsqueda efectuadas desde el accidente y señaló que corresponderá a las autoridades competentes establecer las causas del fallecimiento.

Con su muerte, la tragedia dejó cuatro víctimas mortales.

Los Bomberos Voluntarios y la Dirección General de Aeronáutica Civil identificaron a los ocupantes fallecidos como Javier Luengo Delgado y Juan José Barrera, además de una tercera víctima recuperada posteriormente durante las operaciones.

Un rescate en condiciones extremas

Las labores comenzaron después de que la aeronave Beechcraft V35 Bonanza, matrícula TG-PIP, despegara del Aeropuerto Internacional La Aurora con destino a una finca en Santa Bárbara, Suchitepéquez.

Horas después se activó el Transmisor de Localización de Emergencia (ELT),lo que movilizó a la Dirección General de Aeronáutica Civil, la Fuerza Aérea Guatemalteca, el Ejército de Guatemala, los Bomberos Voluntarios y otras instituciones.

Durante varios días, decenas de rescatistas enfrentaron lluvia, niebla, pendientes pronunciadas y una espesa selva para recuperar a las víctimas y evacuar al personal que permanecía en la montaña.

Mientras la Unidad de Investigación de Accidentes e Incidentes Aéreos de la Dirección General de Aeronáutica Civil continúa con las pesquisas para establecer las causas del percance, el rescate dejó una historia que difícilmente olvidarán quienes participaron.

Es la historia de un bombero que salió dispuesto a salvar vidas y terminó librando su propia batalla para regresar con su familia.

*Manténgase actualizado con el boletín Ahora. Información clave en el momento en que sucede. Suscríbase aquí.

Fuente original:Prensa Libre

Comentarios (0)

Sé el primero en comentar este artículo.

Debes iniciar sesión para poder comentar.

Iniciar sesión