
“Sin reconocimiento de las víctimas la reconciliación es casi imposible”: por qué algunos países siguen siendo violentos tras firmar la paz
En entrevista con Stefan Peters, el politólogo analiza cómo la paz no termina con la firma de un acuerdo, sino que requiere verdad, justicia, reformas estructurales y nuevas respuestas frente a las violencias contemporáneas.
Casi tres décadas después de que varios países latinoamericanos firmaran acuerdos de paz o dejaran atrás dictaduras y guerras civiles, la pregunta de qué hacer con ese pasado sigue abierta. Los conflictos armados que marcaron a la región durante buena parte del siglo XX no desaparecieron de la conversación pública con la firma de un documento: se transformaron en disputas sobre la memoria, la verdad y la justicia que continúan definiendo, hasta hoy, la relación entre los Estados y sus ciudadanos.
Al mismo tiempo, la firma de un acuerdo de paz no siempre significa el fin de la violencia. En distintos países de la región han surgido nuevas formas de conflicto, protagonizadas por grupos armados fragmentados que ya no buscan tomar el poder político, sino controlar territorios, economías ilegales y poblaciones enteras.
A esto se suman fenómenos como la desinformación en redes sociales, la polarización política y el uso de tecnologías como los drones, que han cambiado la manera en que se libran las disputas armadas y también las simbólicas.
Entender estas dinámicas, y las condiciones que permiten a un país construir una paz duradera, es el eje de la conversación con el politólogo alemán Stefan Peters, un investigador que ha estudiado estos procesos en América Latina.
¿Por qué la memoria de los conflictos sigue siendo un campo de disputa política décadas después de firmados los acuerdos de paz o recuperadas las democracias?
Las memorias siempre son plurales en todas las sociedades, porque tienen mucho que ver con percepciones y perspectivas sobre lo que ha ocurrido. Muchas veces pensamos que la memoria tiene que ver únicamente con el pasado, y por supuesto tiene que ver con el pasado, pero también con la situación en el presente y con nuestra perspectiva hacia el futuro. Decimos “nunca más”, algo que se repite en Guatemala, en Alemania, en Argentina y en muchos otros lugares, pero la gran pregunta es nunca más qué. Qué es lo que queremos recordar para que no se repita, y eso es algo que muchas veces no queremos tematizar. En las sociedades, especialmente después de pasados violentos y traumáticos, esa pregunta está en disputa en el presente, con distintos niveles según el país.
Las disputas no son las mismas en todos los casos; a veces hay ciertos consensos, pero esos consensos siempre se quedan frágiles. A veces pensamos que hemos afrontado el pasado, pero creo que es una tarea que nunca podemos dar por cumplida, porque llegan nuevas generaciones o nuevos acontecimientos que hacen que miremos el pasado con matices distintos. Pueden surgir nuevos debates, o aparecer evidencia que pone en duda cosas que dábamos por sentadas, y ahí también suele haber disputas sobre la interpretación.

Muchos países logran poner fin a una guerra, pero no necesariamente construyen una paz duradera. ¿Cuáles son las condiciones mínimas para que un país pueda dejar atrás un conflicto sin seguir reproduciendo sus causas?
Lo primero que hemos aprendido es que no hay respuestas de talla única: hay que ver las particularidades de cada contexto.
Lo que sí creo que se necesita, en primer lugar, es memoria, pero también verdad, justicia y, probablemente, reparaciones. En los estudios de paz y conflicto, y también en la práctica, se habla mucho de garantías de no repetición, aunque a mí me incomoda hablar de garantías, porque lastimosamente no las tenemos: podemos hacerlo muy bien y aun así puede haber una repetición de actos violentos. Lo que sí podemos buscar es reducir la probabilidad de que eso ocurra.
Otro tema son los factores estructurales vinculados a las causas de los conflictos, de las guerras, de la violencia. Con esto no digo que estén justificados, pero necesitamos entender por qué uno, dos o varios grupos decidieron tomar las armas en una guerra civil. Eso no implica que sus razones fueran correctas, pero sí hay que analizar qué problemas existen dentro de un país: pueden ser fuertes desigualdades en la tenencia de la tierra, falta de participación política o corrupción que impide cambiar las cosas. Eso depende mucho del país y del contexto.
Necesitamos entender las causas de la violencia y buscar la forma de crear no solo acuerdos —que son muy importantes—, sino también atender lo que viene después: la implementación, los cambios estructurales y, hasta cierto punto, los cambios de mentalidad, que es probablemente lo más difícil de trabajar, lo que se da a mediano y largo plazo, pero no por eso menos importante.

Usted participó en una investigación sobre el concepto de “paz violenta”. ¿Cómo explicaría este término y qué señales permiten identificar que un país vive una paz solo en apariencia?
Con el tema de la paz violenta me refiero a una situación en la que hay un proceso de paz vigente, con un acuerdo que se está implementando —a veces más rápido, a veces menos—, pero que no logra reducir la violencia en todas las partes del país.
En algunas partes de Centroamérica, después de los acuerdos de paz, hubo situaciones de mucha más violencia organizada, pero proveniente de otro tipo de grupos, como las maras.
Ese fenómeno genera una paradoja: un país está en un proceso de paz y, al mismo tiempo, no mejora necesariamente la situación de seguridad de la población. Eso tiene varios efectos: por un lado, la violencia misma, y por otro, el desencanto de sectores de la población con el propio proceso de paz. Muchas veces, detrás de ese desencanto, está el hecho de que no se ha logrado trabajar las causas estructurales; de ahí la importancia de la atención desde la política pública.
Aunque muchos conflictos armados han disminuido, ¿estamos frente a nuevas formas de conflicto que exigen otras formas de construir paz?
En primer lugar hay que decir que los conflictos se han transformado. Por mucho tiempo, en relaciones internacionales y estudios de paz, se miraba cuántos aviones o tanques de guerra tenía un país frente a otro, cuántos misiles, en conflictos entre dos Estados. No digo que eso no sea importante para tener una idea del poder militar, pero ahora los drones, relativamente baratos, mucho más que un tanque de guerra, cambian totalmente la forma en que se disputan esas guerras. Y no solo eso: la opinión pública, a través de redes sociales y de los llamados bots, se ha convertido también en un terreno de disputa, con intentos de desinformar, de sembrar miedo y odio, o incluso de atacar infraestructura como la electricidad o el propio internet. Estamos mucho más conectados, pero también somos más vulnerables.
“Estamos mucho más conectados, pero también somos más vulnerables”
Si miramos ciertos conflictos internos, y esto lo conozco más desde América Latina, durante mucho tiempo los entendimos como la disputa por tomar el poder a través de las armas. Hoy vemos que muchos grupos armados son mucho más fragmentados —pensemos en la violencia urbana que se observa en distintas partes de la región— y que no necesariamente buscan tomar el poder o cambiar el gobierno. Buscan el control de ciertos territorios, barrios o corredores, que les permite ganar dinero a través de la extorsión, el narcotráfico, la minería ilegal o la trata de personas.
Las respuestas que se han dado no han sido muy exitosas. Una ha sido la construcción de cárceles gigantes, donde se encierra a muchas personas, a veces sin debido proceso ni las garantías correspondientes, en condiciones infrahumanas y con consecuencias de las que nunca van a poder salir; ahí el propio Estado termina violando derechos humanos, es decir, se ataca el problema convirtiéndose uno mismo en parte del monstruo.
Otra dificultad es que las estrategias militares más clásicas no funcionan bien porque muchas veces no está claro quién es combatiente y quién no. Y en las negociaciones solemos pensar que el interés de estos grupos es más ideológico en el sentido tradicional, pero un grupo que controla un barrio entero también es político: decide cuándo uno puede salir, cómo puede vestirse o qué puede decir. Es un tipo de política distinto al que solemos imaginar, pero sigue siendo política.
Se necesitan nuevas formas de diálogo y de negociación para desmantelar esas estructuras, evitando que, al lograr un acuerdo con un grupo, aparezcan otros que ocupen ese mismo espacio.

En sociedades como la guatemalteca suele plantearse un falso dilema entre memoria, justicia y reconciliación. ¿Es posible alcanzar una reconciliación nacional sin verdad ni reconocimiento de las víctimas?
No conozco tanto el caso guatemalteco en particular, aunque he leído sobre él y he intercambiado con algunos colegas que trabajan más de cerca el tema. Dicho esto, creo que una reconciliación sin reconocimiento y sin verdad es muy difícil, casi imposible, porque le faltaría uno de sus puntos básicos: es difícil que quienes ejercieron violencia pidan reconciliación a las víctimas sin aportar a la verdad, sin reconocer su dolor. Y entender el dolor del otro requiere empatía, algo que en contextos de conflicto armado suele perderse muy rápido, mientras se construyen imágenes de odio o desprestigio hacia el otro.
“Una reconciliación sin reconocimiento y sin verdad es muy difícil, casi imposible“
Esas imágenes se crean con rapidez —no solo en Guatemala; algo similar ocurrió en el genocidio de Ruanda, donde se propagaron muy rápido a través de los medios de comunicación—, pero desmontarlas, sobre todo cuando además se han visto fortalecidas por la violencia, es mucho más difícil y suele tomar décadas. Tampoco es algo que ocurra sin trabajo: una colega argentina, Elizabeth Jelin, habla siempre de los trabajos de la memoria, algo que no cae del cielo. Hay una responsabilidad del Estado, sin duda, pero el Estado tampoco puede decretar que la sociedad reconozca lo que pasó; ese es un trabajo de toda la sociedad, con todas sus complejidades y disputas internas, aunque sí es fundamental para poder llegar a la reconciliación.
Stefan Peters en Guatemala
El académico alemán formará parte de la XXIII Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua),y además visitará dos universidades del país para convivir con los alumnos de las distintas instituciones.
El sábado 11, a las 17 horas, participará en la charla “Entre la memoria y el olvido: controversias en torno al pasado en América Latina”. Un panel que compartirá con Otilia Lux y Sabine Eismann, de la Embajada de Alemania.
El domingo 12, a las 18 horas, se suma a la mesa redonda “De la idea a la publicación, creación y difusión del conocimientos científico en América Latina”.
El lunes visitará la Universidad del Valle de Guatemala y la Universidad Rafael Landívar, donde sostendrá encuentros con estudiantes e investigadores.
Stefan Peters
Politólogo alemán, especialista en procesos de paz, justicia transicional y memoria histórica en América Latina.
*Director académico del Instituto Colombo-Alemán para la Paz (CAPAZ) desde 2018
*Doctor summa cum laude en Ciencias Políticas por la Universität Kassel (2012)
*Profesor de Relaciones Internacionales y Estudios de Paz en la Justus-Liebig-Universität Gießen
*Profesor visitante en universidades de Colombia, Argentina, Cuba, Puerto Rico y Sudáfrica
*Autor y editor de más de 20 libros sobre memoria, extractivismo, desigualdad y construcción de paz

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