
Davos 2026: El sinceramiento del poder y la reconfiguración del orden internacional
En el Foro Económico Mundial 2026 en Davos se reveló que las relaciones internacionales ya no se sostienen en valores compartidos, sino en una dinámica de poder y conveniencia donde las grandes potencias imponen sus intereses, mientras las potencias me...
La reciente edición 2026 del Foro Económico Mundial, celebrada en Davos, Suiza, puso en evidencia una realidad incómoda para las relaciones internacionales contemporáneas: el orden global ya no se sostiene sobre valores compartidos, sino en una combinación inestable de principios y conveniencia. Durante décadas, se mantuvo la esperanza —o la ilusión— de que los vínculos entre países pudieran regirse por normas comunes que promovieran la cooperación y el respeto mutuo. Sin embargo, en esta última reunión quedó claro que las grandes potencias actúan primordialmente en función de sus intereses nacionales y emplean todos los recursos a su alcance para imponerlos, muchas veces con cada vez menos disimulo.
Un escenario marcado por la realpolitik y la imposición de intereses
El presidente de Estados Unidos, presente en Davos, ejemplificó esta postura a través de sus demandas sobre Groenlandia, un caso que generó tensiones y puso a prueba la relación con sus tradicionales aliados europeos. Más allá de esta situación puntual, la respuesta más contundente y articulada llegó desde el vecino del norte, Canadá, cuyo primer ministro definió la coyuntura global actual como una ruptura abierta y no una mera transición ordenada.
Este discurso resonó fuertemente en el foro, pues planteó la necesidad de abandonar la ficción de un orden internacional basado en reglas compartidas que, según su análisis, ya no protege a nadie. Enfatizó que las llamadas “potencias medias” mantienen un papel relevante y que poseen la capacidad para impulsar un nuevo orden fundamentado en principios como el respeto a la integridad territorial, los derechos humanos y el desarrollo sostenible.
La crisis estructural del sistema internacional
El primer ministro canadiense destacó que el marco que organizó la política internacional durante décadas ha dejado de funcionar, señalando que no se trata de una crisis pasajera sino de una quiebra estructural. Esta situación se ha visto agravada por la utilización del poder económico como arma estratégica y la progresiva erosión de las instituciones multilaterales.
Durante mucho tiempo, las potencias intermedias aceptaron participar en lo que se denominó una “ficción” del orden basado en reglas, debido a los beneficios que este sistema ofrecía. Sin embargo, en la actualidad, continuar actuando como si este marco aún operara significa aceptar una subordinación que limita su autonomía y capacidad de influencia.
En este contexto, las potencias medias deben abandonar la pretensión y responder a la lógica transaccional de las grandes potencias con una combinación de principios claros, pragmatismo y acción colectiva.
Definición y rol de las potencias medias y grandes potencias
En las discusiones de Davos se reiteró la distinción entre “grandes potencias” y “potencias medias”. Las primeras son un reducido grupo de Estados, principalmente Estados Unidos, China y Rusia, caracterizados por su capacidad para ejercer coerción militar, controlar mercados estratégicos, dominar tecnologías clave e influir en los sistemas financieros globales.
Por otro lado, las potencias medias son países que, aunque no tienen la capacidad unilateral para imponer el orden internacional, cuentan con suficiente peso económico, diplomático y político para influir en sus regiones, articular coaliciones y sostener reglas comunes de comportamiento.
En América Latina, la mayoría de los países se encuentra fuera de estas categorías, careciendo tanto de fuerza como de coordinación para enfrentar un escenario global cada vez más dominado por la conveniencia y el ejercicio directo del poder. Esta situación los expone a vulnerabilidades en un sistema internacional que prioriza intereses particulares sobre principios universales.
El desafío para América Latina y el sistema multilateral
La realidad revelada en Davos no es un fenómeno nuevo, sino que ha estado inscrita desde la creación de la Organización de las Naciones Unidas, el intento más ambicioso de organizar las relaciones internacionales a través del diálogo y el consenso.
Desde su fundación, el Consejo de Seguridad reflejó un desequilibrio estructural a favor de las grandes potencias, una correlación de fuerzas heredada de la posguerra que ha limitado la capacidad de respuesta colectiva ante desafíos globales. La actual actitud de estas potencias parece olvidar la razón fundamental por la cual se construyó ese sistema: evitar el caos y la anarquía que surgen cuando las relaciones internacionales carecen de principios mínimos orientados al interés común.
Para América Latina, esta dinámica implica un doble reto. Por un lado, fortalecer la coordinación regional y aumentar su peso en la arena internacional para evitar quedar relegados. Por otro, contribuir a la construcción de un nuevo orden basado en valores que, aunque distantes a la realidad del poder actual, siguen siendo fundamentales para lograr estabilidad y desarrollo sostenible.
Conclusiones y perspectivas
El Foro Económico Mundial de Davos 2026 ha servido para sincerar el estado del poder global y la naturaleza de las relaciones internacionales contemporáneas. La etapa de ilusiones sobre un orden internacional regido exclusivamente por valores compartidos ha terminado, dando paso a una fase marcada por la realpolitik y el predominio del interés estratégico.
En este nuevo escenario, las potencias medias tienen un papel crucial para evitar el predominio absoluto de las grandes potencias y para promover un orden más equilibrado que respete principios fundamentales. América Latina, aunque enfrentada a limitaciones significativas, debe buscar articularse y definir estrategias comunes para preservar su soberanía y contribuir a un sistema internacional más justo y predecible.
El sinceramiento del poder evidenciado en Davos no debe interpretarse únicamente como una amenaza, sino también como una oportunidad para repensar las alianzas, fortalecer la cooperación regional y promover un multilateralismo renovado que responda mejor a las complejidades del siglo XXI.
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