Doce horas de procesión, meses de trabajo y una vida de fe honran al Divino Salvador del Mundo
Es la tarde del 4 de agosto y en la Basílica del Sagrado Corazón, sobre la calle Arce de San Salvador, se encuentra Nick Mahomar, un señor que lleva más de 60 años viviendo la "bajada" del Divino Salvador del Mundo. Lo hace con fe, pero también porque...
Es la tarde del 4 de agosto y en la Basílica del Sagrado Corazón, sobre la calle Arce de San Salvador, se encuentra Nick Mahomar, un señor que lleva más de 60 años viviendo la "bajada" del Divino Salvador del Mundo. Lo hace con fe, pero también porque resguarda la tradición de esta festividad; sabe muy bien su importancia y se preocupa por la trascendencia generacional.
Junto a él hay un grupo de jóvenes que prepara el anda más grande que se usará en la procesión del 5 de agosto. Aunque la parte más conocida de la celebración es la Transfiguración del Divino Salvador del Mundo, que ocurre por la tarde frente a la Catedral Metropolitana, la jornada comienza mucho antes. A las 6:30 de la mañana inicia una procesión que se prolonga durante más de doce horas.
La procesión sale de Catedral y recorre las primeras cuadras hacía la Parroquia El Calvario. Del Calvario, alrededor de las 10:30 a.m. sigue su recorrido hasta la Basílica El Sagrado Corazón de Jesús. Ahí hace el cambio de anda, de la más pequeña a la más grande. A las 4:30 p.m. inicia su recorrido de regreso a su "casa"; recorre 14 cuadras hasta llegar a Catedral Metropolitana donde cientos de salvadoreños yacen reunidos para apreciar el momento cúspide de la celebración.

Por eso, quienes integran la cofradía se apresuran a cortar flores, ensamblar piezas y ajustar cada detalle de una estructura que, para ellos, es mucho más que un anda. Las manos no han descansado desde hace tiempo. Cada año la base de madera permanece, pero todo lo demás se renueva.
Las molduras doradas, los detalles ornamentales y la decoración floral son estrenados cada agosto. Muchas piezas se elaboran durante dos o tres meses en los hogares de los integrantes de la cofradía, quienes las ensamblan pocos días antes de la festividad. "Si lo hiciéramos de corrido sería más rápido, pero le quitaríamos el sentido de ofrecer nuestro trabajo al Señor", explica Mahomar.

Mahomar también recuerda que él comenzó siendo apenas un niño que acompañaba a sus padres y abuelos desde el barrio El Calvario. "Me fui integrando desde que estaba de la mano de mis papás. Ellos me inculcaron el cariño al patrono de la República", cuenta. Primero fue un espectador más entre la multitud; después empezó a ayudar y, con el paso de los años, asumió responsabilidades hasta convertirse en uno de los coordinadores de la festividad.
La ciudad ha cambiado; la tradición persiste
Su historia también es la de una ciudad que ha cambiado. Recuerda cuando el barrio El Calvario era una zona residencial y la Catedral era la segunda parroquia y la más cercana para cientos de familias. Con el crecimiento urbano, muchos vecinos emigraron hacia otros sectores, pero la devoción permaneció intacta.
Conversando cuenta que varios muchachos que observamos ayudando en la cofradía apenas superan los 17 años. Dice que eso le da tranquilidad. "Nos preocupa transmitir esta artesanía y esta tradición a la gente joven, pero gracias a Dios hemos tenido muy buenos resultados", comenta con una sonrisa. Para él, el verdadero milagro no solo ocurre durante la Transfiguración, sino en ese relevo que garantiza que la celebración no desaparezca cuando quienes la sostuvieron durante décadas ya no puedan hacerlo.

El anda que se termina de decorar tampoco es la misma de hace medio siglo. Antes de 2001, el Divino Salvador recorría las calles sobre un enorme carro alegórico que alcanzaba hasta 20 metros de altura. Sin embargo, el crecimiento del tendido eléctrico en el Centro Histórico obligó a rediseñar completamente la estructura. La solución fue construir un anda más larga y baja, capaz de recorrer las calles sin obstáculos. La que hoy se utiliza data aproximadamente de 2005, aunque su decoración cambia cada año.
Las flores son parte fundamental de este embellecimiento. Cada año cambian las combinaciones de colores acorde al vestuario del patrono. Llegan principalmente desde Guatemala, pero también desde Costa Rica y Ecuador, países reconocidos por la calidad y resistencia de sus cultivos. Solo de rosas se utilizan 40 docenas para cubrir la estructura principal, a las que se suman otras variedades como el dragón, reservado para el anda que acompaña la imagen durante la mañana.

Otro detalle que se nota cada año es el estreno de vestidura del Divino Salvador. El traje se confecciona en un taller especializado de Antigua Guatemala con bordados en alto relieve e hilos dorados, una técnica que prácticamente desapareció en El Salvador por falta de su herencia. Mahomar espera que ese oficio también logre renacer, igual que la participación de los jóvenes dentro de la cofradía.
Otra curiosidad, es que, dentro del anda, permanecen tres antiguos ángeles custodios. Han acompañado la procesión desde hace más de un siglo, según los registros de las fotografías más antiguas que conserva la cofradía, fechadas en 1911, que ya muestran esas mismas esculturas flanqueando al patrono.
"Hay que mantenerlas lo más originales posible", dice Mahomar mientras las observa. No solo representan parte del patrimonio religioso, sino también la memoria material de una tradición que ha sobrevivido guerras, terremotos, cambios urbanos y generaciones enteras de salvadoreños.

Una visita por gratitud y feligreses de todos los departamentos
Durante su recorrido, la imagen del Divino Salvador del Mundo visita dos iglesias; esto, en realidad, es un gesto de gratitud histórica, explica Mohamar. Desde 1777 y durante casi dos siglos, la procesión partía desde la Iglesia El Calvario. Fue hasta 1963 cuando el entonces arzobispo decidió trasladar la salida a la Basílica del Sagrado Corazón para ampliar el recorrido y permitir que más personas participaran. Como reconocimiento a aquella historia, cada 5 de agosto el patrono vuelve a visitar el barrio que lo acogió durante generaciones.
A lo largo del recorrido participan entre 60 y 70 cargadores por cuadra, provenientes de cofradías de los 14 departamentos del país. Los grupos se relevan constantemente, siguiendo una organización definida con semanas de anticipación para que todos tengan la oportunidad de cargar la imagen.
Entonces, cuando la tarde del 5 de agosto llegue y miles de personas levanten la vista para presenciar la esperada Transfiguración, pocos imaginarán que detrás de esos minutos de solemnidad hay meses de trabajo silencioso, cientos de manos voluntarias y una cadena de saberes transmitidos de padres a hijos.
Para Nick Mahomar, ahí reside el verdadero sentido de la festividad: que cuando llegue el momento de dar un paso al costado, alguien más tome el relevo y mantenga viva una de las tradiciones religiosas y culturales más importantes de El Salvador.
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