\"Estoy aquí porque soy masoquista\", aficionado de la Selecta

"Estoy aquí porque soy masoquista", aficionado de la Selecta

CONTRACRÓNICA. Aficionados entregados a la mortificación anímica, compatriotas provenientes de la diáspora lejana y familias deseosas de compartir un espacio de esparcimiento en conjunto... la Selecta no excluye a ser humano alguno en su largo peregrin...

3 octubre 2026
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Así como lo leyó, un aficionado no identificado y su hijo, nos sorprendieron en la previa con una frase que se quedó grabada a fuego en nuestra mente. "Estoy aquí porque soy masoquista", dijo el padre; mientras que el hijo con una sonrisa continuó: "Yo no sé qué hago aquí".

¿Quién va a una pupusería sabiendo que el producto estrella es malo, que no cumple con las expectativas? ¿Quién va a una barbería a donde no le conceden el peinado deseado y de paso le hieren el cuero cabelludo o el mentón? ¿A quién le pagan miles por tener más tropiezos que aciertos?

¿Quién regresa con una antigua pareja si esta le hizo la vida imposible y jamás le trató bien? Pará, aquí si nos acercamos y mucho a lo que provoca la Selecta.

Hay una inmensidad de razones por las que el equipo nacional atrae a los aficionados, y buscar un motivo razonable podría volver loco a cualquiera que intente estudiar el fenómeno desde el sentido común. Es increíble cómo el afán de identidad, el salir un rato, el despejar la vista, entre otros más, empujen ciegamente al fanático de la Azul.

A última hora, varios de estos osados se dejaron caer en las instalaciones del "Coloso de Monserrat", que sigue siendo tal ya sólo de apodo. El recinto en los últimos años tiene el mismo peso de un avión de papel, no intimida a nadie, no asusta a los visitantes, es más bien un oasis para que aquel sediento y preocupado encuentre la forma de cómo satisfacer su necesidad de puntos, de victoria.

El respetable, muy a su manera, apoyó como pudo a la Selecta, al ritmo de los "Uh", los insultos, las quejas, y un sin fin de ultrajes a la cuarteta arbitral, los rivales, y unas ganas de sacarse el cortisol gritando hasta improperios que son entendidos sólo en comunidades diminutas de compatriotas. Menos mal no llovió, porque aquello hubiese sido la cereza al pastel.

Tras la expulsión de Rudy Clavel todos temimos lo peor, o bueno, los más realistas. Justo esa situación, sabíamos, que sería determinante para el desarrollo del resto del juego. A Escobedo González, el señor "injusticia" le gritaron de todo tanto como pudieron, justamente varios de los aficionados que se congregaron para ver la enésima caída de la Selecta en cotejos oficiales.

Jamaica, que históricamente no vino nunca "sólo a recoger" aquí a El Salvador, hoy recibió las facilidades necesarias para lograrlo. El conjunto que se supone escucha reggae más que otro género musical que exista, halló muy poca resistencia cuando se propuso a tener más acierto de cara al arco.

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Foto: elsalvador.com/Miguel Lemus

La frustración personificada: La Selecta

Los rivales estuvieron de picnic por más de 80 minutos. Una selección con menos nombres que en el antaño, supo rendir mejor que con varios pesados que les acompañaron recientemente, como De Córdova Reid, Michail Antonio o Ethan Pinnock, que llevan años jugando la mejor liga del mundo.

La visita supo atender con todas las cordialidades a Brayan Gil, que arriba estuvo más sólo que Adán en el Día de las Madres. El "báltico" metió toda su impronta, pero naufragó en solitario, liderando un barco que recibió un torpedo mortal antes de la primera media hora del encuentro.

Desde los palcos gritaron "consejos" a la selección femenina y a la Sub-20, que llegaron al Cuscatlán para aprender de los errores ajenos... o al menos eso esperamos que hayan tenido presente. Les decían que no fuesen como los (palabra censurada) que se hallaban en el engramillado anoche.

Al salir, la gente salió cabizbaja, resignada, muchos iban en silencio, con el más firme y recto propósito de llegar a su destino cuanto antes. Ya no tenían arrestos para vociferar, menos para analizar la derrota que fue categórica y seca, sin humillación de por medio, pero con la suficiente amargura como para mejor callar y buscar el auto, el taxi, el colectivo privado que se pagó para armar caravana... porque las unidades del público se "acuestan" temprano.

Unas monjitas, quién sabe de qué congregación, emprendían la salida desde la platea -un lugar privilegiado para ver cualquier juego- y entre anchas sonrisas; lucían muy satisfechas por haber despabilado un poco, lejos de los afanes que les atañen en su esmerado ministerio cotidiano en favor del prójimo y los más necesitados.

Camino a casa pude constatar que la desidia de hablar de la Selecta fue generalizada, las almas desparramadas por la Autopista Sur anhelaban llenar el estómago, ahogar las penas o simplemente retonar a sus moradas, no habían ganas ya de analizar nada, ni siquiera de quejarse, ya se habían dejado seguramente las ganas en las butacas o gradas del Cusca. Ya daba lo mismo todo; que el juego quedara ya olvidado cuanto antes.

De paso por la Avenida Albert Einstein, escuché cómo hacían ruido, y muy notablemente, una cantidad de pericos bárbara en un centro de estudios superiores que tiene un buho en su escudo; parecieron completamente ajenos a la tragedia azul y blanco y sonaba como a una fiesta total entre las aves, que suelen engalanar las horas vespertinas, pero según constaté, también las más nocturnas; tras la mudanza ahora viven en un oasis y sin depredadores; parece que no viven más en, y en los alrededores del Parque Bicentenario.

Finalmente llegó Carlos a recogerme en el punto indicado para emprender hacia mi morada.

"Lléveme a donde sea, lejos, usted sólo conduzca, no quiero saber nada de balones rodando, de ilusión, de dos colores que sólo depresión me saben traer cada vez que los veo sobre un gran rectángulo verde", pensé; pero eso lo dejé mejor para estas líneas, no quise asustarlo. No fuese a ser que me clavara una o dos estrellas de calificación por ser un usuario, bien desamorado de la Selecta.

Fuente original: elsalvador.com

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