
Hernán Gil relata lo que vivió durante 8 días soterrado en Venezuela
Hernán Gil todavía cierra los ojos y vuelve a aquel 24 de junio. Era una tarde cualquiera en el edificio Sol Marina Garden, donde cumplía su turno como vigilante en el sótano, cuando sintió el primer movimiento de la tierra. Fue breve, recuerda. El seg...
Hernán Gil todavía cierra los ojos y vuelve a aquel 24 de junio. Era una tarde cualquiera en el edificio Sol Marina Garden, donde cumplía su turno como vigilante en el sótano, cuando sintió el primer movimiento de la tierra. Fue breve, recuerda. El segundo, en cambio, cambió su vida para siempre.
"Ya el segundo fue fuertísimo", relató el hombre de 43 años en una entrevista con la AFP, concedida desde la habitación del hospital donde se recupera tras pasar ocho días sepultado bajo los escombros del edificio, uno de los que colapsaron durante los terremotos que devastaron el norte de Venezuela y dejaron más de 3,300 muertos.
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Antes de que todo se viniera abajo, alcanzó a escuchar a un vecino advertir que se trataba de un terremoto. Instantes después, la estructura cedió. Las piedras lo golpearon en la parte posterior de la cabeza y en un ojo; entonces perdió el conocimiento por unos segundos.
"Quedé como inconsciente en el momento. Cuando desperté, todo estaba oscuro (...) De ahí pa' allá todo era incertidumbre", recordó. No veía absolutamente nada. Tampoco escuchaba voces. Intentó llamar al vecino que había visto por última vez, pero nadie respondió. Entonces comprendió que estaba completamente solo.

"Y en ese momento me atacó mucho el desespero", confesó. Comenzó a gritar una y otra vez pidiendo ayuda, aunque del otro lado solo encontraba silencio. Permanecía parcialmente arrodillado, prácticamente inmóvil, rodeado de concreto y con muy poco aire. Como si el derrumbe no hubiera sido suficiente, las réplicas seguían sacudiendo la estructura.
"Sentía que la pared me estaba completamente arrollando", recordó. Durante esas largas horas, la incertidumbre fue tan difícil como el dolor físico. Las piedras le lastimaban las piernas, sangraba por la nariz y tenía el ojo derecho inflamado, aunque él ni siquiera podía darse cuenta. Sin posibilidad de moverse ni de dormir, cuenta que encontró refugio en la fe.
"Recé mucho. Clamé a Dios, y le dije Dios mío ¿por qué a mí? ¿por qué así? por favor permíteme por lo menos ver a mis hijos". Mientras intentaba acomodarse entre los escombros para aliviar el dolor, los recuerdos comenzaron a aparecer uno tras otro. Pensó en su esposa, Gusbimar González, que afuera no dejaba de buscar noticias sobre él; también en sus hijos y en su padre, ya fallecido.

Con el paso de los días perdió la noción del tiempo. No sabía si habían pasado horas o jornadas completas cuando, al tercer día, escuchó algo diferente: unos pasos lejanos. Sin pensarlo, gritó con todas sus fuerzas y obtuvo respuesta.
Ese momento marcó el inicio de una compleja operación que se prolongó durante más de tres días. Equipos de rescate de siete países trabajaron sin descanso para abrir un acceso seguro hasta donde se encontraba atrapado. "Ay Dios mío aquí ya hay un paso. Aquí hay una esperanza de vida", recordó con una sonrisa.
Durante ese tiempo lograban hidratarlo y conversar con él para mantenerlo consciente, mientras él seguía sintiendo que las paredes se cerraban cada vez más sobre su cuerpo. Cuando finalmente dos rescatistas, uno chileno y otro estadounidense, consiguieron llegar hasta él, Hernán pensó que la pesadilla estaba por terminar. Sin embargo, descubrió que la parte más difícil aún estaba por delante.
Sus piernas habían quedado atrapadas entre una silla y los restos de la estructura. "Lo más difícil fue salir", aseguró. Después de más de una semana bajo toneladas de concreto, el vigilante fue finalmente liberado. Para él no hay otra explicación que un milagro.
"¡Volví a nacer!", dijo a la periodista de AFP. Ahora continúa recuperándose en el hospital, donde ya pudo hablar con sus hijos por videollamada. Aunque logra descansar, admite que algunas noches despierta sobresaltado al revivir los momentos que pasó bajo tierra.
Todavía no sabe cuándo recibirá el alta médica ni cómo será esta nueva etapa de su vida. Lo único que tiene claro es que quiere estar presente para celebrar el cumpleaños de su hijo el próximo 15 de julio, disfrutar unas vacaciones pendientes en la playa junto a su familia y cerrar definitivamente el capítulo que comenzó aquella tarde del terremoto.
Además, hay una decisión que ya tomó y de la que no piensa arrepentirse: nunca volverá a trabajar en un sótano.
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