Pocos, pero muy locos, para alentar a la Sub-16
CONTRACRÓNICA. El Salvador celebró de nuevo un trofeo centroamericano tras casi dos décadas de espera, hubo héroes anónimos, otros con nombre y pasados por agua
La lluvia jugaba con los ánimos y los miedos de muchos, digamos que todo el reino vegetal por su parte sólo querían saciarse.
Hubo rocío, luego chaparrón, eso que ha reemplazado a los populares vientos de octubre que vivimos con bastante más exactitud temporal todos los mayores de treinta y cinco años.
La precipitación empapó camisetas, unos desteñidos graderíos de concreto, un rectángulo de grama sintética, un gigantesco techo metálico y una también una pista que no sirve para correr atléticamente.
El aficionado azul y blanco estaba repartido de forma muy desigual, unos cuantos "pelones" se entretenían con la final desde general, mientras que bastantes más gritaban desde aquellos sitios privilegiados.
La mismísima final se jugaba en una noche que hundió todo en la oscuridad fresca. El silencio en los alrededores fue la regla, ni los grillos se animaban; acaso más lejos desde donde se gritan los goles, de la finca de los Alvarado hacia adentro.
Menos mal no se celebraba la Santa Misa a unos metros de la acción, ya para ese momento cumbre del puntapié inicial el párroco Dany Cuellar seguramente se hallaba cenando o descansando tras la ingesta de los sagrados alimentos.
Ya ocurrió en varias otras ocasiones que, en medio del jaleo del estadio Las Delicias, el pobre Padre Dany está en lo mejor de la homilía cuando estalla el griterio, qué le vamos a hacer...
El murmullo del estadio, pese a no estar lleno ni por cerca, se escuchaba a más de un kilómetro de distancia; incluso la veterana voz del recinto también se hacía entender en la lejanía por varias pasajes ofreciendo los típicos anuncios.

La llovizna itinerante y la tregua del cronómetro
La tempestad iba y venía, parecía visitar la cancha de vez en cuando para ver algún gol mientras humedecía todo a su paso.
Ese aguacero no se quedaba quieto, parecía ir a regar la flora circundante, y luego, retornar a la cancha para refrescar a los nuestros y, por qué no, ponerle un poco más de emoción al juego.
En ese vaivén de nubes, agua y viento, el tiempo se escurrió entre las manos como el vital líquido mismo y en un parpadeo se estaban celebrando los auténticos y temidos lanzamientos de penales tras el 1-1 en noventa.
Hace casi 20 años, también en un diluvio, "Chepe" Martínez, Luis Anaya y otros compatriotas batían a una fanfarrona y atrevida Panamá en un Cuscatlán que "tragó" agua, dolor, júbilo y épica.
Pero esta reciente noche del 13 de octubre la historia la escribieron los chicos nacidos cerca del mundial de Sudáfrica, esa particular cita que la Azul no pudo alcanzar por azares, excusas y fallos.
Pequeños nacidos poco después de que aquella gesta magnífica contra Panamá, hicieron lo suyo para quedar en lo más glorioso de los anales de la historia; y con pluma de tinta dorada.
Fue una barbaridad el rugir del Estadio Las Delicias cuando vio luz, agua, y esa tanda de penales que consagró a nuestros chicos quienes aún no portan su documento único de identidad.
El estruendo se escuchó seis veces en buena parte de la calma y oscura Santa Tecla a eso de las diez pé eme y monedas: cinco goles salvadoreños y un tapadón a Panamá los activó a todo dar.
La fiesta llegó para instalarse en favor de los nuestros.
De nuevo, Panamá, fue arrodillada en El Salvador. Sólo que esta vez, en la vetusta colonia Las Delicias, hogar de varios centenarios y nonagenarios; que dicen, por salud, no haber visto aquella afligida definición.

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