¿Por qué los estadios salvadoreños intimidan tan poco? La arquitectura también apaga a la afición

¿Por qué los estadios salvadoreños intimidan tan poco? La arquitectura también apaga a la afición

La presión que puede ejercer una hinchada no depende sólo de cuántas personas canten o salten adentro de un estadio de fútbol ¿Qué pasa con los de El Salvador?

23 septiembre 2026
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El problema no es necesariamente que los estadios salvadoreños sean antiguos. Algunos de los escenarios más intensos del fútbol internacional tienen décadas de existencia, pero fueron construidos con graderíos muy próximos al terreno, pendientes pronunciadas y estructuras que concentran a la gente alrededor del campo.

Las investigaciones sobre estadios y ventaja de local muestran que el público no funciona únicamente como decoración. Su ruido puede afectar psicológicamente a jugadores y árbitros, aunque la arquitectura decide en buena medida qué tan fuerte y cercana se percibe esa presión.

La pista crea una frontera entre la gente y el partido

Una de las desventajas más evidentes es la pista que rodea al terreno de juego. La propia FIFA ha advertido históricamente que introducir una pista de atletismo obliga a colocar a los espectadores más lejos de la acción, disminuye su sensación de participación y reduce la emoción propia de un estadio diseñado exclusivamente para fútbol.

Ese detalle tiene aplicación directa en El Salvador. El proyecto oficial de remodelación del estadio Antonio Toledo Valle, casa del Platense, contempló expresamente la construcción de carriles de atletismo alrededor de la cancha. En Las Delicias, donde juega actualmente Inter Santa Tecla, también se incorporó una nueva pista durante la remodelación para San Salvador 2023.

La consecuencia visual es inmediata. Incluso la primera fila queda varios metros más lejos de la línea lateral y la distancia aumenta todavía más detrás de las porterías debido a la forma ovalada de la pista.

Desde la acústica ocurre algo semejante. El sonido directo pierde intensidad a medida que aumenta la distancia y, además, la reacción del público deja de producirse prácticamente encima de los jugadores, árbitros y banquillos.

Hay evidencia deportiva que acompaña esa explicación. Un estudio de Buraimo, Simmons y Maciaszczyk sobre la Primera División española y la Champions encontró menor favoritismo arbitral hacia los locales cuando una pista separaba las gradas del campo. Los autores relacionaron el resultado con una menor presión social ejercida desde la tribuna.

No significa que tener una pista provoque derrotas. Estudios posteriores con miles de partidos no encontraron que su mera existencia determinara directamente el resultado final, pero sí existe evidencia de que la distancia modifica la presión que la multitud puede ejercer sobre quienes están en el terreno.

Luis Acuña de Jocoro FC controla el balón durante el partido ante Santa Tecla FC en partido pendiente de la fecha 3 del Apertura 2023 en el estadio Héroes y Mártires del 30 de julio de 1975 de Ciudad Universitaria en San Salvador. Foto EDH/ Yessica Hompanera

Un estadio puede funcionar como una enorme caja de resonancia

El segundo elemento es acústico. Los especialistas no diseñan actualmente las tribunas únicamente para ver bien: también estudian cómo viajará el sonido dentro del estadio.

Un trabajo reciente presentado por el Institute of Acoustics explica que los estadios modernos utilizan superficies duras y reflectantes para redirigir la energía acústica por las gradas y hacia el terreno de juego. La geometría del graderío, la fachada y la cubierta forma parte de ese comportamiento.

La Institution of Mechanical Engineers coincide en que el rugido de una multitud es una parte fundamental de la experiencia deportiva y señala que las superficies reflectantes pueden reforzar naturalmente ese ruido. El reto consiste en amplificar el ambiente sin perjudicar la claridad del sistema de sonido del estadio.

Un techo tiene aquí una función mucho mayor que proteger de la lluvia y el sol. Cuando está correctamente diseñado, recibe parte del sonido que subiría y escaparía al aire libre y lo devuelve hacia otras tribunas o hacia la cancha.

El Tottenham Hotspur Stadium ofrece un ejemplo llevado deliberadamente al extremo. Populous diseñó su enorme grada sur para producir un “muro de sonido” y trabajó con especialistas en acústica para modificar materiales, ángulos del techo y tiempos de reverberación con el objetivo de reforzar el ruido de la multitud.

Sus graderíos alcanzan una inclinación de 35 grados. Esa verticalidad permite que incluso quienes se encuentran en filas altas permanezcan relativamente cerca del terreno, mientras la primera fila de la grada sur queda a menos de cinco metros de la línea de gol.

En muchos estadios salvadoreños ocurre prácticamente lo contrario: graderíos bajos, amplios sectores descubiertos y grandes espacios entre el público y la cancha. En ese tipo de recinto, buena parte de la voz de los aficionados se proyecta hacia arriba y hacia afuera en lugar de regresar hacia el campo.

Los huecos entre graderíos también dejan escapar el ambiente

Tener tribunas en los cuatro costados no es una regla absoluta para crear un buen ambiente. Una sola grada muy grande, vertical, cubierta y próxima a la cancha puede generar enorme presión.

Pero cerrar el perímetro ofrece una ventaja acústica clara. Un estadio en forma de bowl dispone de más superficies enfrentadas capaces de recibir y devolver el sonido, mientras los espacios abiertos funcionan como rutas por las que parte de esa energía abandona el recinto.

Un estudio acústico de planificación realizado para un estadio de Sacramento llegó a la misma conclusión desde la perspectiva opuesta: un diseño con esquinas abiertas permitía que más ruido escapara hacia el exterior que el proyecto anterior concebido como un estadio cerrado.

Eso ayuda a comprender por qué un estadio compuesto por una tribuna principal, otro graderío enfrente y grandes sectores vacíos detrás de las porterías puede sentirse mucho menos hostil que otro recinto con el mismo número de espectadores, pero encerrados alrededor del terreno.

También importa dónde se coloca a los aficionados más activos. Concentrar a miles de seguidores detrás de una portería en una grada continua permite sincronizar cánticos, saltos y reacciones; dispersarlos entre pequeñas localidades separadas reduce esa masa sonora.

La FIFA reconoce incluso que las zonas para espectadores de pie continúan siendo utilizadas en distintos mercados por preferencias culturales y por su impacto percibido sobre el ambiente del partido, aunque exige que cualquier implementación cumpla estrictamente las condiciones de seguridad.

Tampoco basta con construir graderíos en cuatro lados si permanecen casi vacíos. Las investigaciones sobre la ventaja de local no coinciden completamente acerca de cuánto importa el porcentaje exacto de ocupación, pero existe un consenso mucho mayor sobre la relevancia de tener público presente y generando ruido.

Por ello, un estadio demasiado grande para la asistencia habitual puede tener otro problema: los aficionados quedan desperdigados. Arquitectónicamente existe el recinto, pero desde la perspectiva acústica funcionan como pequeños grupos independientes en lugar de una única fuente de presión.

El “jugador número 12” tiene efectos que sí han podido medirse

La sensación de intimidación tampoco es solamente subjetiva. En un experimento publicado en Psychology of Sport and Exercise, árbitros que escuchaban ruido de aficionados mientras evaluaban jugadas señalaron 15.5 % menos faltas contra el equipo local que quienes observaron las mismas acciones sin sonido de público.

Otro estudio examinó 841 partidos disputados sin espectadores durante la pandemia en las dos primeras categorías de cuatro de las principales ligas europeas. Los investigadores encontraron una reducción de la ventaja de local y la desaparición del sesgo arbitral que habían detectado cuando había público.

Una investigación posterior publicada en Scientific Reports, con más de 4,000 encuentros de 12 ligas europeas, calculó que jugar sin aficionados redujo aproximadamente en un tercio la ventaja de local, mediante una combinación de menor rendimiento del equipo anfitrión y desaparición del sesgo arbitral.

Eso no significa que un estadio ruidoso garantice puntos ni que un árbitro vaya conscientemente a favorecer al local. La ventaja de casa depende también de familiaridad, viajes, calidad de los equipos, comportamiento de los aficionados y numerosos factores deportivos.

Pero sí ayuda a explicar por qué la misma cantidad de personas puede sentirse radicalmente diferente dependiendo del edificio que las rodea.

En un estadio diseñado para generar presión, la afición está cerca, mira desde pendientes pronunciadas, tiene un techo que devuelve buena parte de su voz y encuentra graderíos enfrente que continúan reflejando el sonido. El futbolista visitante ve y escucha público prácticamente en todas las direcciones.

En muchos escenarios salvadoreños esa cadena se rompe varias veces: hay una pista o un gran perímetro antes de llegar al graderío, las tribunas tienen poca altura, faltan graderíos detrás de algún arco, los techos son pequeños o inexistentes y abundan espacios por donde el ruido puede escapar.

Por eso modernizar un estadio no necesariamente significa construir uno gigantesco. Un recinto de 8,000 o 10,000 personas puede ofrecer una sensación mucho más intensa que uno de 30,000 si concentra al público cerca de la cancha, eleva las gradas con una buena pendiente, protege las localidades con cubiertas acústicamente aprovechables y reduce los grandes huecos del perímetro.

La edad tampoco determina el ambiente. Lo decisivo es la relación física entre aficionado, arquitectura y cancha. Y bajo esos criterios, buena parte de los estadios de la Primera División salvadoreña fueron concebidos más como instalaciones deportivas multiuso o recintos básicos para albergar espectadores que como estructuras específicamente pensadas para convertir a la tribuna en una parte activa del partido.

Fuente original: elsalvador.com

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