¿Por qué tan poca gente va a ver al Alianza en Liga Mayor?
Alianza Fútbol Club mantiene una concurrencia mínima cuando juega de local en la Liga Mayor de El Salvador ¿Por qué sus aficionados se compartan así?
La escasa concurrencia no es únicamente una impresión reciente. En 2022, Néstor Castaneda, presidente de EDESSA, afirmaba que los partidos ordinarios de Liga Mayor no superaban normalmente los 5,000 asistentes y utilizaba como ejemplo un Alianza-Firpo con aproximadamente esa cantidad.
En julio de 2025, el presidente de la Primera División, Samuel Gálvez, volvió a manifestar preocupación por la poca asistencia general al campeonato. La información señalaba específicamente que Alianza sufría una reducción notable de público pese a sus buenos resultados deportivos.
También hay ejemplos concretos: en septiembre de 2024, un Águila-Alianza disputado en el Cuscatlán presentó numerosos sectores con poca gente, y un Alianza-Fuerte San Francisco del mes siguiente se desarrolló igualmente ante escaso público.
El primer cuidado, entonces, consiste en no tratar el fenómeno como una enfermedad exclusivamente aliancista. La literatura científica sobre asistencia a estadios identifica decenas de variables y una revisión de 195 investigaciones las agrupa entre factores económicos, preferencias del consumidor, calidad del espectáculo y características propias de cada partido.

La afición no desaparece: selecciona cuándo vale la pena ir
El comportamiento de Alianza ofrece una primera pista. Para la final del Clausura 2024 contra Municipal Limeño se habilitaron únicamente 25,000 entradas por razones de seguridad y se anticipaba una alta convocatoria alba; la mayor parte de las localidades estaban asignadas a sus seguidores.
Eso permite plantear una hipótesis importante: el problema podría no ser la ausencia de aficionados, sino la dificultad para convertirlos en compradores frecuentes. Una final, un clásico o una eliminatoria poseen urgencia, escasez y consecuencias que un partido cualquiera de la fase regular no siempre ofrece.
Un estudio de 2026 realizado junto con un club de la máxima categoría italiana encontró que el rival era uno de los factores más importantes en la decisión de compra. También influían día, horario, precio, ubicación del asiento, condiciones del partido y valor que el aficionado atribuía al encuentro.
La economía del fútbol lleva décadas encontrando algo similar. Un estudio sobre la Primera División española incorporó como determinantes de asistencia el precio, la calidad del partido, variables económicas y el costo de oportunidad que supone dedicar tiempo y dinero a acudir al estadio.
Aplicado como hipótesis a Alianza, un seguidor puede ser profundamente albo y aun así pensar que no necesita asistir a 10 u 11 partidos de local durante una fase en la que buena parte de los equipos avanzan posteriormente a una etapa eliminatoria.
La consecuencia sería una especie de demanda aplazada: el consumidor reserva dinero, tiempo y entusiasmo para FAS, Águila, una semifinal, una final o un partido internacional. El encuentro ordinario pierde atractivo no necesariamente porque el hincha haya dejado de querer al club, sino porque puede esperar uno que considere más importante.
Desde el marketing, además, esto plantearía un problema de diferenciación. Si para el consumidor cada jornada regular se parece demasiado a la anterior, vender únicamente “Alianza juega el domingo” puede resultar menos eficaz que convertir cada fecha en una experiencia con un motivo particular para asistir.
Una revisión sistemática publicada en castellano en 2026 concluyó que el marketing depende precisamente de la gestión de experiencias, fidelización, personalización y vínculo emocional, y no solamente de promocionar el producto deportivo.

Un boleto barato todavía puede representar una salida cara
Hay otra paradoja. Los precios de la Liga Mayor salvadoreña pueden ser relativamente bajos y, aun así, las gradas permanecer vacías. Para el Alianza-Municipal Limeño de este 20 de septiembre, por ejemplo, la entrada general fue fijada en $5, mientras tribuna costó $10 y platea $15.
Esto debilita la explicación de que todo se reduzca al precio nominal. Para la economía del consumidor, el costo de ir al estadio también incluye transporte, gasolina, parqueo, comida, cargos de boletería, acompañantes y, sobre todo, las horas que se destinan al desplazamiento y al partido.
Una familia de cuatro personas no evalúa únicamente un boleto de $5. Multiplica entradas y otros gastos, además de comparar esa salida con actividades alternativas que puede realizar durante la misma tarde.
En boletería se habla por ello de valor percibido, no únicamente de precio. La investigación italiana de 2026 comprobó que los aficionados asignan distinto valor a una entrada dependiendo del rival, sector, horario y demás características, y una estrategia construida con datos aumentó las entradas vendidas 14 % en el caso estudiado.
Alianza ya ha ensayado instrumentos propios de esa lógica. Para el duelo liguero contra Águila de abril de 2026 ofreció promoción de dos entradas por una en varias localidades, una señal de que reducir la barrera económica forma parte de los mecanismos utilizados para intentar estimular la demanda.
Pero la movilidad también merece atención. Para el reciente Alianza-Motagua fueron habilitados buses de $2 después del partido hacia Soyapango, Apopa y Zacamil, mientras para otro encuentro de 2026 se gestionó estacionamiento adicional cerca del Cuscatlán.
Ninguna de esas medidas demuestra que el transporte explique por completo las ausencias. Sí revela, en cambio, que llegar y regresar del estadio constituye una parte real del producto que debe administrar un organizador deportivo.
El horario también puede modificar la ecuación. Una investigación sobre 228 partidos televisados del campeonato brasileño encontró mayor asistencia presencial durante fines de semana que en otros horarios, mostrando que la programación condiciona la decisión entre salir hacia el estadio o consumir fútbol desde casa.

El aficionado no compra solamente 90 minutos de fútbol
La alta gerencia introduce otra idea: el verdadero producto comienza antes del pitazo inicial y termina después de abandonar el estadio. Acceso, asiento, limpieza, alimentación, seguridad, señalización, rapidez de ingreso y ambiente forman parte de la experiencia.
Una investigación con 1,005 aficionados de cuatro países africanos encontró que la satisfacción con el estadio estaba relacionada con la intención de volver. Comodidad de los asientos, limpieza y oferta de alimentos mostraron efectos significativos dentro de aquella muestra.
No significa que esos sean necesariamente problemas del Cuscatlán. Significa que, sin medirlos entre los aficionados de Alianza, no debería asumirse que la calidad del partido es la única variable que determina si alguien abandona su casa para asistir.
Existe además un factor psicológico particularmente interesante: la atmósfera es parte del producto. Una investigación con aficionados al fútbol identificó tres grandes motivaciones para acudir presencialmente: emoción, socialización y ambiente futbolístico.
Aquí podría aparecer un círculo difícil de romper. Si pocos espectadores asisten, el estadio pierde parte de su ruido, color y sensación de acontecimiento; si el ambiente resulta menos atractivo, un aficionado ocasional podría tener todavía menos razones para acudir al siguiente juego.
Es únicamente una hipótesis para Alianza, pero encaja con un problema conocido en gestión deportiva: un recinto enorme puede hacer más visible una asistencia pequeña. Cinco mil espectadores distribuidos en un estadio para decenas de miles producen una percepción distinta a los mismos cinco mil dentro de una cancha compacta.
Investigaciones sobre la MLS han encontrado relaciones entre determinados tipos de estadios y la asistencia, aunque los resultados no son uniformes y dependen del mercado. Otro estudio que analizó 2,538 encuentros encontró influencia positiva de los estadios específicamente diseñados para fútbol y del rendimiento de los equipos.
A eso se suma la competencia de la transmisión televisiva. La evidencia internacional no permite decir simplemente que “la televisión vacía estadios”, pero sí confirma que el espectador compara dos productos: desplazarse y vivir el partido presencialmente o verlo con comodidad desde otro lugar.
Por eso, desde el marketing, la pregunta no sería únicamente qué ofrece un canal de TV o una plataforma, sino qué obtiene en el Estadio Cuscatlán el aficionado que no puede obtener frente a una pantalla.
La respuesta suele estar en comunidad, emoción, cercanía y experiencia, no únicamente en observar el balón, eso se puede hacer desde casa.

Ser aliancista y tener el hábito de ir al estadio no son lo mismo
La sociología y la psicología deportiva aportan quizá la distinción más reveladora. Una persona puede identificarse intensamente con un equipo, seguirlo en redes, comprar una camiseta, discutir sus partidos y celebrar títulos sin convertirse por ello en asistente habitual.
Un estudio longitudinal sobre aficionados al fútbol comparó identificación con el equipo, satisfacción, intención declarada y frecuencia real de asistencia. A largo plazo, el vínculo con la comunidad de aficionados fue el factor que logró predecir de manera significativa la asistencia repetida.
En otras palabras, el estadio funciona también como espacio social. Ir con familiares, encontrarse con amigos, pertenecer a un grupo y desarrollar rituales puede ser más importante para crear frecuencia que simplemente declararse seguidor del club.
Ese aspecto resulta especialmente interesante en Alianza por un acontecimiento excepcional. El 20 de mayo de 2023, doce personas murieron durante la tragedia ocurrida antes y durante el encuentro contra FAS en el estadio Cuscatlán.
Después de aquel hecho, Alianza recibió una sanción para disputar durante un año sus partidos de local sin espectadores, correspondiente inicialmente a los torneos Apertura 2023 y Clausura 2024, con la excepción prevista para una eventual final.
No existe evidencia para afirmar que la tragedia explique la baja afluencia actual, ni un sondeo que diga que los aficionados dejaron de asistir por miedo. Hacer esa relación como una certeza sería metodológicamente incorrecto.
Pero sí hay dos hipótesis científicamente razonables que merecerían ser estudiadas: seguridad percibida y ruptura del hábito. Investigaciones sobre grandes recintos advierten que la sensación subjetiva de seguridad importa junto con las condiciones objetivas, porque ambas forman parte de cómo el espectador evalúa un evento multitudinario.
La economía conductual del deporte también ha encontrado evidencia de formación y persistencia de hábitos en la asistencia presencial. Eso permite plantear que pasar meses sin poder acudir a los encuentros de local pudo alterar rutinas de algunos seguidores, aunque solamente una investigación específica permitiría saber si ocurrió así con Alianza.
Por eso, la explicación probablemente no esté en una sola causa. Un partido regular con poco sentido de urgencia, el costo completo de la salida, horarios y transporte, una experiencia presencial que debe competir con la pantalla, la pérdida de hábito y la dimensión social de asistir podrían actuar simultáneamente.
Y hay una diferencia fundamental: Alianza ya ha demostrado capacidad para movilizar público cuando el acontecimiento adquiere importancia. Eso hace más interesante la pregunta, porque el reto no parece ser únicamente encontrar aficionados, sino comprender por qué muchos de ellos deciden que ciertos partidos sí merecen una visita al estadio y la mayoría de jornadas no.
Responderlo con certeza exigiría algo que hoy no está disponible públicamente: cruzar ventas de entradas partido a partido con encuestas sobre transporte, acompañantes, gasto total, horarios, seguridad, televisión, experiencia del recinto, valoración del rival y motivos para no asistir.
Hasta que exista esa medición, las ciencias del deporte permiten construir hipótesis sólidas, pero no dictar un diagnóstico. En el caso de Alianza, precisamente esa diferencia entre una identidad futbolística visible y una asistencia irregular es la variable que habría que estudiar.
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